Gerardo Aguilar - A ojo de pájaro

Crónicas Ticas (VI). Disneylandia del pajarero – Gerardo Aguilar

NOTA:

A las amables personas que han leído mis crónicas anteriores, les ofrezco una disculpa por la tardanza en esta entrega. Sin entrar en detalles, quisiera mencionar que la pandemia me ha afectado en varios aspectos, siendo uno de ellos el haber perdido la motivación y la chispa creativa que se requiere para escribir y que en estos últimos días me estoy esforzando por recuperar. Después de cinco episodios previos, ésta es la penúltima entrega de la serie dedicada a Costa Rica, que espero que sea de su agrado.

San Gerardo de Dota fue para mí como ir a Disneylandia. No exagero si digo que fui feliz como un niño en un parque de diversiones. Este relato empieza el segundo día de nuestra estancia en la zona (recomiendo leer la entrega anterior). https://www.enlalupa.com/2020/05/03/cronicas-ticas-v-en-pos-de-la-serpiente-emplumada-gerardo-aguilar/   Ya veníamos sensibles, después de haber abierto el día con el avistamiento del quetzal y otras especies que fueron “LIFER” como el Capulinero cola larga (Ptilogonys caudatus) y el Colibrí volcanero (Selasphorus flammula), así que estábamos muy contentos y expectantes, con lo que podríamos encontrar el resto de la jornada.

Hay quien dice que San Gerardo es como un “set fotográfico”, ya que hay muchos lugares en los que se han instalado bebederos para colibríes y se han preparado los sitios para atraer a las aves, ya sea con frutas o con semillas, de acuerdo a la alimentación de las especies. En alguna medida, esto es cierto, pero también hay especies que es preciso buscar en ambiente natural y si se tiene la paciencia y vocación para ello, los mismos colibríes que se encuentran en el bebedero, con un poco más de dedicación y esfuerzo, pueden encontrarse también en un marco más natural, como un macizo de flores silvestres, que abundan en la zona. Las imágenes de esta entrega pertenecen a ambas categorías.

Tratando de encontrar una historia para esta crónica y seleccionando las imágenes, vi que deseaba publicar muchas de ellas y sentí que necesitaba poco más que los pies de foto de cada imagen, para integrar el relato. Así que iré haciendo la narración, siguiendo la trayectoria desde el borde de la carretera, hasta cientos de metros más abajo, en el fondo del valle donde fluye el río, comentando cada una de las especies fotografiadas. Es buen momento para que hagas una pausa y te sirvas un café, para que me acompañes en este viaje.

Bajando por el “camino de cabras” que es la Calle San Gerardo (Se llama “calle” pero es una angosta y sinuosa carretera, sin acotamiento y con una pendiente bastante pronunciada), de pronto nos detuvimos en una curva y bajamos del auto. Nuestro guía, Michael Granados, hizo un breve llamado y a los pocos segundos, apareció un ave de una belleza espectacular, que dio unos pocos saltos entre el follaje y se fue a perchar en una rama horizontal limpia de hojas, donde quedó muy propicio para fotografiarla. Era la Candelita collareja o Myioborus torquatus, a la que también llaman “Amigo del hombre”, puesto que dicen que cuando una persona va caminando por el bosque, frecuentemente este adorable pajarito le va acompañando en su recorrido. Recuerdo que cuando preparaba el viaje, vi la foto de la Candelita y me dieron enormes ganas de verla, así que el momento de verla fue muy emotivo para mí, siendo por supuesto, mi primer avistamiento (LIFER).

Candelita collareja.

Retomamos el trayecto y unas curvas más abajo, repetimos el proceso de detenernos, caminar al borde de la barranca y escuchar a Michael hacer un llamado. En esta ocasión, el ave que se acercó fue un la Reinita flamígera (Oreothlypis gutturalis), verdaderamente hermosa, con el vientre naranja que efectivamente hace pensar en una flamita. El nombre de “Reinita flamígera”, así como algunos otros nombres en español que se encuentran en las guías y aplicación, no los pude constatar localmente, porque la comunidad pajarera utiliza primordialmente los nombres en inglés, en este caso Flame-throated warbler. Fotografiarlo fue un reto bastante más difícil que la Candelita. Ambos son chipes, pero éste parece que “le quema” su propia flama y se mueve constamente. Estuvo dentro del campo visual, tal vez un minuto, pero en posición propicia para foto, sólo fracciones de segundo. Me dio oportunidad de unos diez disparos, de los cuáles sirvieron dos. Recuerdo que cuando se fue de nuestra vista, tenía el corazón latiendo fuerte y contuve la respiración mientras revisaba las fotos… Solté un largo suspiro cuando vi que sí había logrado al menos una buena imagen.

Reinita flamigera.

Dos paradas, dos LIFERS. Como si les hubiéramos ido a tocar la puerta en sus casas, aunque era pleno bosque. En ocasiones como éstas, es cuando se valora el contar con un guía local, experto en la ubicación de las especies y también en su comportamiento. Sin su intervención, nosotros podríamos haber pasado de largo, a unos metros de estas hermosas aves, sin ninguna posibilidad de observarlas.

Más adelante en nuestro recorrido encontramos el Papamoscas amarillo sureño (Empidonax flavescens). Esta es una de muchas aves que yo no sabía que se encontraban en México, hasta que las vi en Costa Rica. Su distribución es discontinua e incluye un par de franjas montañosas en Chiapas, Guatemala, el occidente de Honduras y las cordilleras de Costa Rica y Panamá. No es tan difícil de identificar en Costa Rica, puesto que a pesar de pertenecer al difícil género Empidonax, tiene algunas características que lo distinguen, como su anillo ocular blanco y su plumaje amarillo verdoso. Fue uno más de los LIFERS del día.

Papamoscas amarillo.

Después vimos un par de colibríes, que hace unos años no hubieran sido LIFERS, que son el Colibrí de Talamanca (Eugenes spectabilis) y el Colibrí oreja violeta menor (Colibri cyanotus). Antes, estas especies estaban asimiladas en el Colibrí magnífico (Eugenes fulgens) y Colibrí oreja violeta (Colibrí thalassinus), respectivamente. Ambas especies pueden verse en México, particularmente en las zonas montañosas de los alrededores de la Ciudad de México.

Colibrí de Talamanca.

Colibrí oreja violeta menor.

La Tángara azulgris (Thraupis episcopus) la vi por primera vez en Chachalacas, Veracruz, a pocos metros de la playa. Por esta razón me sorprendió un poco verla en esta zona montañosa y en un clima mucho más frío. En realidad, está ampliamente distribuida, desde Veracruz en México hasta el norte de Brasil. Su coloración me parece sutil y hermosa, por lo que siempre agradezco el poder verla y más aún, fotografiarla. Ya la habíamos visto antes en este viaje, en El Zoológico de San José y el Catarata la Paz, pero las fotos que más me gustaron fueron las de San Gerardo de Dota.

Tangara alas azules.

La Tangara goliplateada (Tangara icterocephala) es otra de las aves que me habían deslumbrado por su belleza mientras planeaba el viaje, así que sentí una gran emoción al verla. La situación fue la que más desea un pajarero: poder ver una especie nueva y además, tener oportunidad de tomarle una buena foto. A esta tangara se le encuentra en las cordilleras de Costa Rica y Panamá, así como en la franja andina en Colombia y Ecuador. Su color amarillo limón con franjas negras la hace inconfundible. Se alimenta de frutas y se encuentra en el dosel del bosque, pero también en áreas abiertas, como el borde del bosque o jardines. Definitivamente LIFER.

Tangara goliplateada.

La abundancia de colibríes permite disfrutar ampliamente a estas pequeñas y belicosas aves, como se puede apreciar en esta foto, en la que un Colibrí vientre castaño y un Colibrí de Talamanca parecen estar retándose mutuamente por la posición estratégica de una percha cerca de las mejores flores.

Desafío colibrí.

Para las siguientes dos especies, ingresamos en una finca privada muy amplia y hermosa en la que se encuentra un hotel, seguramente de muchas estrellas. Nuevamente nos impresionó la experiencia de nuestro guía, puesto que apenas habíamos caminado unos 200 metros, cuando apareció una bella e inquieta ave, que para nuestra suerte andaba saltando sobre unos arbustos bajos, que nos permitieron verlo y fotografiarlo, prácticamente sin obstáculos. Era un mosquero cabecinegro (Empidonax atriceps). A diferencia de muchas especies del genero Empidonax, el atriceps se puede distinguir por su cabeza negra y porque el resto de su plumaje es amarillo con barras alares marrones, en vez de los tonos de gris verdoso presentes en la mayoría de los Empidonax. Esta es una especie de montaña, que puede encontrarse en un borde del bosque, o en un claro con arbustos, como fue nuestro avistamiento. Su distribución es una estrecha franja de la Cordillera de Talamanca y por lo tanto es casi obligatorio ir a buscarlo en San Gerardo, para conseguir uno más de los LIFERS de la generosa lista de ese día.

Mosquero cabecinegro.

La otra especie que buscábamos en el bosque que circunda al hotel, era la Codorniz bolonchaco (Odontophorus guttatus). Es hermosa y elusiva, como la mayoría de las codornices, que se las arreglan para estar siempre a cubierto en su hábitat, que en este caso, son los bosques tropicales húmedos y las laderas de montaña. La cresta color naranja, la garganta negruzca y lunares blancos en el pecho son su distintivo inequívoco.

Su distribución me sorprendió al hacer esta reseña, puesto que pensé que sería exclusiva de la Cordillera de Talamanca y el mapa de la especie indica que también se le encuentra en Estados de México, como Oaxaca, Chiapas, Campeche, Tabasco y Veracruz, además del Norte de Centroamérica. A pesar de encontrarse en zonas que ya había visitado, no la había visto y simplemente no la tenía en mente, a pesar de lo hermosa que es.

Pero no es fácil verla. Michael nos dijo que había una parvada, sin embargo no había rastros de ellas. Fue entonces cuando nuestro guía usó su arma secreta y reprodujo una grabación en su teléfono. Nos dijo “ El llamado normal de las grabaciones no les mueve mucho, pero éste es un llamado al que casi siempre responden, porque es de un polluelo”. Efectivamente, menos de un minuto después, salieron varias codornices de entre los arbustos y atravesaron el claro en el que estábamos. Aunque pasaron cerca, corrían rápido y el lugar estaba un poco oscuro, situación que se suma el excelente camuflaje que le brindan los tonos marrones y los lunares blancos de su plumaje. Todo sucedió en unos segundos y en realidad sólo pude rescatar unas pocas fotos de las varias decenas que intenté, pero estoy contento con la que presento a continuación, que me parece un bonito retrato.

Codorniz bolonchaco.

Siguiendo nuestro descenso, encontramos al Mirlo negruzco (Turdus nigrescens), que es otra especie que sólo se encuentra en la Cordillera de Talamanca y por lo tanto pasó a incrementar la lista de LIFERS, que al estilo de un avaro como Scrooge, seguía atesorando. Este pajarraco pareció tomarnos el pelo, porque inicialmente estaba lejos, enramado y no se quedaba quieto. A pesar de ello, le disparé muchas fotos, de las cuáles ninguna servía para otra cosa, que como foto de registro. Una vez que me rendí y que estaba dedicando mi atención a otra ave, de repente el mirlo vino a percharse a pocos metros de mí, con buena luz y sin obstáculos, poniendo su cara de pillo. Sobra decir que le disparé con furia y logré una serie de tomas que no tuvo desperdicio. Mientras le disparaba reía para mis adentros y pensaba: “Tenía que ser cuando tú querías, ¿Verdad?”

Mirlo negruzco.

Más adelante vimos nuevamente algunas especies que ya habíamos registrado el día anterior (que podrás ver en la entrega anterior de esta serie) y finalmente llegamos al fondo del cañón, varios centenares de metros más abajo que el inicio de la Calle San Gerardo de Dota, al borde de la Carretera Panamericana. Aquí en el fondo, corre el Río Savegre, que en armonía con todo el entorno, es una más de las bellezas naturales del paisaje perfecto de San Gerardo. Recorriendo la orilla de cauce, pudimos ver nuevamente algunos de los colibríes y papamoscas endémicos de la región.

Río Savegre.

Ya para terminar nuestra sesión con Michael Granados, pasamos a comer a uno de los sitios más económicos de la zona, que tiene lugares caros, ya que está dirigida a turismo extranjero de alto poder adquisitivo (Categoría en la que nosotros no calificábamos). Comimos en lo que sería equivalente a una fonda, pero que tenía un mirador en la segunda planta, que daba una hermosa vista hacia el bosque.

Vista del bosque.

Como todos los días en Costa Rica, nos sorprendió el atardecer, cuando cayó la noche antes de las 6 de la tarde. Regresamos a nuestra romántica cabaña, en el hotelito Cabinas San Gerardo, mejor conocido como “Donde Doña Miriam”, ya que su propietaria te hace sentir como si te estuviera acogiendo en su casa. Platicando con nuestra anfitriona en la cena, le comentamos que saldríamos temprano al día siguiente y preguntamos a qué hora podríamos desayunar. Ella nos dijo que a las 7 AM, pero nos recomendaba llegar más temprano al comedor y salir a la terraza, que daba al bosque y donde tenía instalados varios bebederos para los colibríes y comederos con frutas y semillas para otras aves.

Al día siguiente, nos levantamos al amanecer, a las 5:30, preparamos nuestro equipaje y lo acomodamos en la cajuela del auto, que nos hizo batallar como siempre, puesto que era muy pequeña. Pudimos instalarnos en el comedor del hotel como a las 6:15 y quedamos maravillados al ver   mucha actividad de aves que iban venían de los árboles frente a la terraza, a buscar su alimento repetidamente.

Una especie que nos dejó boquiabiertos fue el Clorospingo cejiblanco (Chlorospingus pileatus), que sólo se encuentra en la Cordillera de Talamanca, así que fue uno de los últimos lifers de la zona de San Gerardo.

Clorospingo.

Vimos también al Cerquero patigrande (Pezopetes capitalis) que habíamos visto fugazmente el día anterior en Jardín Batsú, pero con una luz muy escasa y como el ave tiene colores oscuros, realmente no había podido hacerle una toma que me gustara. Es un pinzón grande, que se encuentra primordialmente a ras de piso, rascando en la hojarasca o bajo una enredadera en el sotobosque.

Cerquero patigrande.

 

Otras aves que se acercaron y que pudimos ver y fotografiar, se pueden encontrar en México, como son varias especies de tángaras y de colibríes, así como el Tucancillo verde mesoamericano o tucaneta (Aulacorhynchus praisinus), de la que conseguí mis mejores fotos hasta el momento, aunque ya la he visto previamente en Veracruz, Oaxaca y Chiapas.

Tucaneta.

Durante la estancia en San Gerardo, varias veces escuché mencionar al Carpintero volcanero, una de las pocas especies que no oí nombrar en inglés, sin embargo, como no se usa el nombre científico, no tenía referencia de qué especie se trataba y me preguntaba si podría ser un LIFER más, en caso de verlo. Otro inquilino del hotel, uno de los pocos que hablaba español, platicó un rato con nosotros y de repente señaló “Miren, el volcanero!” y resolvió el misterio… con un poco de desilusión para mí, porque se trataba del Carpintero velloso, (Dryobates villosus), que había visto con anterioridad, en las zonas boscosas del sur de Ciudad de México.

Carpintero volcanero.

Con tanta y tan variada comida colocada para las aves, no falta un oportunista que se une al banquete, sin estar invitado, como esta ardilla, que seguramente es muy común y tal vez hasta una plaga en ese hábitat, pero me pareció bastante bonita, con su tupido pelaje castaño.

Ardilla

El olor a café recién hecho y a comida calentándose nos dejó saber que el desayuno estaba listo y de repente me di cuenta que ya tenía bastante hambre. Después de desayunar, todavía salimos a la terraza, para seguir contemplando las aves.

En realidad no queríamos irnos, igual que los niños no quieren salir de Disneylandia, pero teníamos un plan y las reservas de hotel hechas y un guía citado para el día siguiente. Subimos al auto y me encomendé a todos los santos, porque me esperaba la conducción de regreso por la empinada y sinuosa Montaña Rusa que es la Calle San Gerardo de Dota. Después de unos ETERNOS veinte minutos cuesta arriba, llegamos a la Carretera Panamericana, sanos y salvos. Respiré aliviado, puesto que de ahí en adelante todo sería muy sencillo para llegar a la siguiente parada.

Partiendo de la alta montaña en la Cordillera, nuestro siguiente destino era la Costa Pacífica, bajando una altitud 2,600 metros hasta el nivel de mar. Yo sabía que en términos de nuevas especies, no iba a ser la opción “más redituable”, ya que la mayoría de las especies costeras se comparten con las que tenemos en México, pero me pareció necesario ver un destino de playa y la verdadera tierra tropical de Costa Rica: Lo que uno se imagina, cuando los ticos dicen alegremente “pura vida”… Tal vez podríamos guardar las chamarras y la ropa interior térmica y ponernos algo ligero, para variar.

Pero eso es materia de la séptima (y última) entrega de la serie dedicada a Costa Rica, que prometo solemnemente que escribiré y entregaré con la periodicidad acostumbrada.

Hasta entonces: “¡PURA VIDA!”

AQUÍ PUEDES LEER LOS TEXTOS COMPLETOS DE GERARDO AGUILAR ANZURES:

https://www.enlalupa.com/category/nuestras-plumas/gerardo-aguilar-a-ojo-de-pajaro/

 

Gerardo Aguilar Anzures

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