Andrés Garrido del Toral - Memorias Peregrinas

El Querétaro confesional (y II) – Andrés Garrido del Toral

Continuamos con “Las Confesiones del Padre Soria”, mismas que le hizo el vicario queretano al historiador Agustín Rivera en 1868 en la Casa de Diligencias que estaba situada en la “Casona de El Marqués”, sito en las esquinas de Hidalgo y Allende de la ciudad de Santiago de Querétaro.

Nos quedamos en el mediodía del 18 de junio de 1867 en que el padre Soria y Breña le presenta a Maximiliano de Habsburgo el borrador de la carta en que éste pide perdón al Papa por las faltas cometidas como monarca católico.

Pues bien, esa misma tarde el religioso visitó también al general Mariano Escobedo en su cuartel general ubicado frente a Capuchinas, en la esquina de Hidalgo con Guerrero, en lo que hoy es un hotel boutique de la familia Tovar, la misma que es propietaria del hotel del frente que es “El Señorial”. El motivo de la visita del padre Soria al jefe republicano era pedirle permiso para oficiar una misa en la celda de Maximiliano a las siete am el 19 de junio, es decir, el día de le ejecución, a lo que socarronamente Escobedo le contestó que sí pero más temprano, como a las cinco am, intuyendo entonces el Vicario Capitular que el fusilamiento sería mucho más temprano de lo que él había pensado y rápido se lo comunicó al archiduque en su prisión.

A las cuatro de la mañana de ese 19 de junio de 1867 llegó el padre Soria a la celda capuchina de Maximiliano y lo encontró levantado, lavado de la cara, aseado, muy peinado y bien vestido, con la ropa que le prestó Carlos Rubio, el rico hijo del industrial Cayetano Rubio.

Así pues, don Manuel Soria confesó de nuevo a Maximiliano, ofició la misa y después de que el príncipe comulgó procedió a desayunar.

Todavía tuvieron tiempo para platicar un rato hasta que a las seis de la mañana retumbó el edificio capuchino cuando los tambores y clarines de guerra sonaron para indicar que la tropa subiría por las angostas escaleras a la habitación del archiduque para llevarlo al patíbulo. Cuenta el padre Soria que en ese momento Maximiliano se puso muy, pero muy pálido y cortó la conversación. Sin duda un momento de vacilación en el temple del condenado, pero rápido se repuso y volvió a su color natural y a sus buenos modales, hasta bromeó con Miramón por los pasillos.

Tropas republicanas en Capuchinas, junio de 1867.

Ésta fue la única vez que Soria lo vio turbado, aunque no lloró como lo hizo el día 15 en que le mintieron piadosamente sobre la muerte de su esposa Carlota Amalia de Bélgica.

Cuando subieron Maximiliano y Soria al carruaje que les correspondía, el padre sufrió una convulsión y comenzó a temblar, por lo que el austriaco lo alivió proporcionándole una cajita de rapé. ¡De manera que el condenado iba auxiliando a su auxiliador!, reiría un año más tarde el Vicario. Max llevaba en la mano derecha un pañuelo y un crucifijo mediano, propiedad del padre Soria, y en la mano siniestra llevaba un rosario que le había regalado su madre, la archiduquesa Sofía.

Luego de que el coche paró en las faldas del Cerro de Las Campanas, Max se puso el sombrero de copa baja, morado oscuro de felpa, que llevaba para la ocasión pero luego lo aventó diciendo: “ah…esto ya no sirve”.

Trató de abrir la portezuela del carruaje y como no pudo lograrlo saltó por la ventana cuan largo era y comenzó el ascenso al cerrillo con largas zancadas a tal velocidad que el confesor nunca pudo alcanzarlo. Recordemos que el príncipe rondaba los treinta y seis años y el sacerdote los cincuenta.

Estando parado Maximiliano en el cadalso le entregó al padre Soria su crucifijo, el frasco de rapé, el rosario y el pañuelo, solicitando que le enviara a su madre los dos últimos. Dio algunos pasos el archiduque hacia el pelotón de fusilamiento para entregarles unas onzas de oro cuando el oficial de órdenes, Simón Montemayor, le ordenó: “atrás”, a lo que el príncipe cuestionó si no podía regalarles ese oro.

El general Orejón ese, como lo llama Taibo II.

Entonces Montemayor dijo que sí y Max les entregó a cada uno de los soldados una moneda denominada “Maximiliano”, que era una onza de oro de a veinte pesos con la efigie del príncipe austriaco. Luego del fusilamiento se escucharon gritos de “Muera el Imperio y Viva la República”, sonido de tambores y cornetas y desfile de tropas, aproximadamente dos mil soldados, quedándose parado el sacerdote Soria hasta que un oficial republicano le indicó que su misión allí estaba terminada y que le parecía que ese ya no era su lugar. El padre Soria bajó de prisa el cerro, se metió al coche y se dirigió a su casa, donde permaneció enfermo del estómago por algunos días, a donde llegó incluso un alemán para ofrecerle quinientos pesos por el crucifijo de referencia, a lo que el padre se negó a entregárselo.

El embalsamamiento del cadáver imperial fue hecho en el convento de Capuchinas por los médicos Samuel Basch, Vicente Licea, Rivadeneira y un galeno austriaco venido expresamente de la Ciudad de México con el barón de Magnus, trayendo las sustancias químicas para dicha operación post mortem.

La misa fue celebrada en el propio templo capuchino y el cadáver depositado en el entrepiso del Palacio de Gobierno sito en la hoy calle de Madero 70, negándose Juárez a entregarlo al embajador austriaco y al embajador de Prusia hasta que la familia real de Viena lo pidiera en forma, es decir, en misivas diplomáticas reconociendo a don Benito Juárez como presidente de la República. Es verdad que don Benito tuvo razón en su negativa: esos individuos eran embajadores ante el Imperio y no ante la República, no había cartas de presentación ni apego a las normas del Derecho Internacional.

Allá por 1876 en la hacienda de Buenavista, en el entonces municipio de Santa Rosa, Querétaro, el administrador de la misma, Teófilo Idrac, estaba hablando con el padre Soria, representante de la testamentaria de don Manuel Legorreta, antiguo propietario de la finca, cuando de pronto salió a la plática la toma de Querétaro del 15 de mayo de 1867. Idrac le preguntó al padre Manuel Soria y Breña si consideraba que la caída de la plaza fue por una traición de Miguel López a Maximiliano y a los imperialistas, por lo que tajante y natural, el sacerdote se limitó a decir: “El coronel Miguel López no hizo más que lo que se le mandó”. Les vendo un puerco conservador y chismoso a los que creen que López traicionó a su compadre Max.

Andrés Garrido del Toral

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