Qro, Tierra de Artesanos

Boxasní: el pueblo que no le teme al fuego

Crónica: Carlos P. Jordá/EnLaLupa.com

Fotos: Guillermo González

Cadereyta, Qro.- Preguntar por un artesano pirotécnico en Boxasní, localidad de este municipio, es equivalente a preguntar por alguien que fabrica muñecas en Amealco. O, más universal, por un pizzero en Nápoles. El reto no es menor si el apellido del objetivo es González, sin embargo basta con dar un nombre de pila para recibir una referencia clara del paradero del individuo a localizar, pues la población en la comunidad es de alrededor de mil 500 habitantes, menos de lo que se podría contabilizar en algunos de los fraccionamientos residenciales de la capital queretana.

La búsqueda nos lleva finalmente a la plaza principal de Boxasní, donde hallamos al artesano Uriel González.  Ahí donde la mitad de la explanada más cercana a la iglesia ha sido cubierta por una carpa; donde una banda toca canciones instrumentales de géneros variados con descansos intermitentes; donde unos cubos de un metro por un metro, hechos con tiras de madera, se apilan uno encima del otro para conformar dos torres de más de 10 metros mientras otros esperan a ser colocados para incrementar el tamaño del “castillo”; y donde decenas de hombres manipulan cuchillos, metales, cuerdas, alambres, mechas y, por supuesto, tubos de papel endurecidos que más tarde, al ponerse en contacto con el fuego, darán vida al espectáculo pirotécnico.

El equipo de Enlalupa.com se presenta más de 12 horas antes de la quema del castillo, sin embargo los festejos para celebrar a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe iniciaron tres días antes.  Uriel nota la cámara, el cuaderno y la desorientación, por ello anticipa su presentación antes de que los forasteros vuelvan a preguntar por su persona. Accede a llevar a cabo una entrevista en su casa, donde la música de la banda —La Potente de Oaxaca— no contaminará el audio de respaldo. Antes señala a su tío, Perfecto González, como el indicado para explicar lo que está pasando en ese preciso momento.

“Le llamamos el remate de la punta”, dice el tío mientras corta el excedente de rafia —tipo de cuerda que amarra la mayoría de las piezas del castillo— prácticamente sin mirar. “Ahí hay material de luz”, específica cuando se le pregunta si el contenido de los cilindros, atados a una estructura de alambre y colocados a ocho centímetros de distancia entre cada uno, contiene pólvora; “son combinaciones químicas”, su sobrino ahondará en el tema más adelante. Mientras tanto, Perfecto detalla que los diferente tamaños de los cohetes dependen de la función que estos vayan a realizar; los medianos son los propulsores que harán girar la silueta que dibujen los pequeños, y los más grandes son los que terminarán estallando en el cielo.

La palabra “castillo” pudiera evocar a la mente algo muy diferente a lo que se mira en esa plaza a eso de las 11 am. La escena se asemeja, con sus debidas proporciones (de tamaño), a una mañana de navidad con las piezas del juguete armable que recibió un niño regadas por todo el lugar; un Transformer en reparación; un Lego en proceso de convertirse en la fortaleza que muestra el manual. A la atmósfera posfestiva (o prefestiva), se une un escenario raído que hace una escuadra con el templo. Aparte ya hay quienes se hidratan con cerveza mientras observan o aportan al ensamblaje del armatoste pirotécnico. Serán tres torres de más de 21 metros las que se prendan en fuego colorido, aproximadamente en 12 horas.

“Tenemos que acabar el armado a las siete para echar caguamita después”, dice Uriel mientras hace de guía a su hogar, pasando por los pasillos de carpas bicolores que en poco tiempo se volverán los obligados puestos gastronómicos y lúdicos de una feria local. Después explica que las caguamas (cerveza de un litro) no significan forzosamente una borrachera descomunal; sino que, a final de cuentas, es su fiesta y todos desean pasarla bien. Evidentemente, ni la bebida ni la diversión son exclusivas para los márgenes del horario laboral. En este día, el jolgorio y el trabajo son lo mismo.

El camino a casa es corto; tal vez sean menos de 100 metros de distancia entre el centro de Boxasní y el lugar donde vive Uriel con su madre y otros siete González Velázquez— entre hermanos y hermanas—, en los linderos de la comunidad. El nombre original del pueblo es “Mboxansí”, una palabra compuesta que significa valle de espinos en ñañú (hñähñu), una variante del otomí.

Luis Uriel González Velázquez, de 25 años, es un eslabón de cinco generaciones de artesanos pirotécnicos y se reconoce orgullosamente procedente de una estirpe indígena. Se dibuja una sonrisa plácida en su rostro al revelar que próximamente recibirá un diploma por un curso de creación literaria en otomí, aunque acepta que no ha logrado dominar el idioma. La enseñanza en casa de la lengua de sus antepasados se desvaneció entre sus padres y abuelos. No será esta la última vez en el día que Uriel resalta la importancia de mantenerse cercano y fiel a sus orígenes y tradiciones.

Lo que sí le transmitieron sus abuelos, y ahora comparte, fue una vaga noción de cómo llegaron los juegos pirotécnicos a la región. En aquel lejano entonces, la principal actividad económica de aquella población era el comercio, por ende la errancia estaba implícita en la mayoría de quienes se dedicaban al oficio. Así fue como el viaje de negocios de un individuo resultó en el descubrimiento y la adopción de la artesanía con fuego y compuestos químicos.

Sentado debajo de un árbol en el acceso frontal del gran terreno que alberga su casa de un piso, Uri, como lo llaman sus más allegados, explica que los preparativos para el castillo de este día empezaron con casi mes y medio de anticipación. Por otra parte, la invitación a la fiesta se extendió a las comunidades aledañas. Como es la tradición, el día que se anuncia la festividad es, en sí, un motivo para celebrar.

El guateque no le falta a los artesanos de Boxasní; si no es propio, es el de los poblados cercanos que contratan sus servicios pirotécnicos. Sería raro verlos en la capital, a menos que tuvieran un encargo de alguien pidiendo matrimonio o de una futura madre queriendo revelar el sexo del bebé que carga en el vientre. Usos modernos y más individualistas de la pirotecnia al alcance de no muchos bolsillos. Para dar una noción: el castillo que se quemará esta noche tiene un precio aproximado de 350 mil pesos. Pero hoy la familia González, dividida en distintas empresas —La Loma, es el nombre de la empresa heredada por Uriel—, no recibirá un solo centavo. Es tradición, también, que el único castillo que se paga es el del jueves (la fiesta cuenta con fuegos artificiales los seis días que dura).

Ahondando en las razones de su falta de presencia en la ciudad de Querétaro, Uriel dice que los gobiernos ponen excusas para mantenerlos fuera de ella y escasos de apoyos. “Hoy vivimos una situación compleja, los gobiernos y algunos medios de comunicación, que no preguntan, creen que contaminamos mucho, pero hacemos lo posible por reciclar la mayor parte de material. Nosotros usamos cosas que las empresas tiran para hacer nuestras labores”. No obstante, según el artesano, el presupuesto estatal invertido en pirotecnia es de cinco millones de pesos que se otorgan a empresas del Estado de México. “Nadie es profeta en su tierra”, remata con un tono bromista.

El proceso de creación de un simple “cuete” no es sencillo, ni en la práctica ni a la hora de dar una descripción hablada. Con papel oficina —impreso por ambos lados con asuntos laborales resueltos (teóricamente)— se hacen los tubos que serán endurecidos con engrudo; una vez secos, son rellenados con una base de tierra de un centímetro para darle firmeza y agarre; después se le agrega la mezcla que ocupa la mayor parte del cilindro y que dará todo el color al espectáculo; luego se añade una capa de pólvora, la cual provocará la explosión para que lo anterior suceda; y al final el tubo se sella. La punta enroscada será atada a una mecha.

La visita insiste en ir el taller para dejar de imaginar cómo se hacen estos artificios. Con el sol en meridiano, es tiempo lo que le sobra a los reporteros (el castillo se quemará a las 11 de la noche). No así a Uriel, aunque accede a mostrar el lugar a pesar de su ubicación periférica. Por motivos de seguridad oficiales, los talleres y bodegas tienen que mantener una distancia considerable con respecto a la mancha urbana. “La pirotecnia es algo que está regulado y lógicamente si está regulado hay un control. No está fuera de lo que debería de ser como algunas empresas transnacionales que en verdad contaminan, que de veras generan desechos tóxicos, que de veras están echando gases a la atmósfera de manera continua; no solamente un día o dos días, sino siempre”, recalca mientras camina al auto.

A revoluciones constantes y serenas en un vehículo motorizado, no hay razones para tardar más de 10 minutos en arribar al taller. La mitad del camino, o menos, ha sido cubierto con pavimento, el resto es empedrado y terracería. El tiempo de trayecto realmente no da para profundizar en nada, sin embargo igual se mencionan temas de importancia. Por ejemplo los productos chinos, que para Uriel son la principal competencia; no sólo en su ámbito, sino que “van en contra de todo lo mexicano”. Aprovechando el vuelo se le cuestiona sobre el espectáculo de año nuevo con drones que sustituyó a la pirotecnia en aquel país; ¿morirá su oficio? A esto responde sencillamente: “dependerá si hay quien lo compre, ¿pero cuánto te cuesta un dron? Le pegas a un pájaro y pierdes todo”.

González define como “un chiste malo” todo el ruido que se ha hecho en redes sociales defendiendo a las mascotas que se asustan con el estruendo de los fuegos artificiales, aunque acepta que hay “banda que se pasa de lanza” y truena los cuetes justo donde los perros callejeros reposan. Más adelante habrá posibilidad de estudiar el comportamiento de los canes en la localidad. De momento se da la llegada al taller, donde no hay muestras de vida humana cercana, sin embargo las torres del castillo en la plaza principal —llamada Bernardino González en honor a un ancestro de Uriel— ya tienen la suficiente altura para ser divisadas desde ese lugar.

Tonos amarillos y cafés rodean el sitio, tierra y hierba seca. En esta época del año cualquier error incendiario podría salir muy caro, no obstante las letras rojas pintadas en el muro que está detrás del enrejado tienen que ser tomadas en cuenta siempre, sin importar la temporada. Se leen:

¡PELIGRO!
TALLER
ART. PIROTECNICOS

Justo en medio del lugar sobresale un tubo largo de punta afilada: un pararrayos. El área de trabajo consta de cuatro cuartos de cemento esquinados en los vértices del vasto terreno cuadrangular. A la lejanía está el polvorín uno, donde se guarda la materia prima, el polvorín dos preserva los productos armados y el tres es otra bodega (no se especifica qué se almacena ahí). En el cuatro se rellenan los cuetes y es donde Uriel se resguarda del sol con el par de preguntones que llevan a cabo esta investigación.

Ahí, por fin, el artesano muestra con las manos lo que ya había explicado antes con palabras. El centímetro de tierra con el cual se inaugura el contenido de las luces sirve para sostener el tubo —10 cm de papel oficina o periódico— a la figura de alambre, esto es esencial para que no se pierda la silueta que los creadores imaginaron en una etapa previa. El diseño es el inicio de todo, cuando los pirotécnicos “echan a volar la imaginación”.

Con una mano Uriel vierte la mezcla y con la otra golpea el delgado cilindro para compactar la combinación de elementos químicos que darán color al espectáculo de fuego. Nitrato de bario para hacer verde y nitrato de estroncio para el rojo. Mezclando estos compuestos con otros químicos y minerales es como se amplía la gama de colores. “Somos químicos empíricos”, dice de sus compañeros y de sí mismo, mientras culmina el relleno con una pizca de pólvora.

Igual caben las comparaciones con los pintores que fusionan los colores primarios en su godete para crear uno nuevo. “Somos como artistas urbanos; también hacemos murales, sólo que nuestras herramientas son otras y nuestro muro es el cielo”. Sin embargo para pintar en el cielo no basta una pizquita de pólvora; las “bombas”, el producto que por su estruendo y luminosidad de largo alcance es conocido como “el cuete” por la gran mayoría de los mexicanos, llevan los mismos componentes que una “luz” para dar color a una fiesta, pero la cantidad de pólvora que requieren para llegar al cenit es mucho mayor.

Una bomba se arma con dos tazones de plástico sellados con papel y “atolito (engrudo)”. Las combinaciones químicas que la rellenan son las mismas que se usan para las luces pero con distinta presentación; estas tienen forma de canicas de aproximadamente dos centímetros de diámetro. Uriel pregunta si alguien desea verlo encender algunas. Aunque un tanto temerosa, la respuesta unánime es afirmativa.

Las coloca en una hilera recta sobre la tierra con un par de centímetros de distancia entre ellas. La caja de cerillos del taller está vacía, pero el fuego necesario, en esta ocasión, es aportado en forma de mechero por parte de quien hace las preguntas. González prende una y esta prende a la otra, y luego a la otra y así consecutivamente. No hay estallido, el único sonido es el de la feroz combustión de los elementos, pero la luz que emiten es deslumbrante aun con el cielo despejado de mediodía. El verde apenas se distingue con todo el brillo producido, no cabe duda del porqué los fuegos artificiales pueden ser apreciados a kilómetros de donde fueron accionados.

La retina descansa después de algunos segundos, mas no hace lo mismo la lengua de quienes cuestionan cómo es que la bomba llega por encima de los techos más altos. Uriel prefiere dejar hasta ahí la información y las muestras por temor a que algún lector se crea que ha recibido una receta e intente hacerlo por su propia cuenta. “Nosotros porque ya lo dominamos”, dice.

La mayoría de los descendientes de familias pirotécnicas se unen al oficio cuando tienen 5 o 6 años. Uriel recuerda a su papá diciendo: “en lugar de estar ahí haciéndote güey, vente pa´acá”, cuando jugaba en las calles con cuetes de “juguetería” —cebollitas, brujitas, palomas y demás explosivos de mecha corta—. Por supuesto que la primer tarea que se les encomienda a los infantes y aprendices no tiene contacto directo con ninguna acción que conlleve riesgo; barriendo, trapeando, escuchando y observando es como inician a crear su acervo los artesanos pirotécnicos de Boxasní.

Su padre, quien le enseñó gran parte de lo que ahora sabe, murió nueve años atrás. La intuición dicta que es momento de cambiar la temática a pesar de la naturalidad con la cual el entrevistado revela su orfandad paterna. En andar de sus vidas, Uriel y otros parientes encontraron maestros de técnicas distintas e innovadoras. Tal es el caso de Osvaldo Ávalos, un artesano de Aguascalientes que instruyó a los González en el uso de la tecnología para ofrecer un espectáculo de talla internacional. En unas horas, los reporteros y habitantes de la comunidad podrán disfrutar de un piromusical; un show de fuegos artificiales sincronizados con una canción.

En este día todo es fiesta, pero hasta en el oficio del entretenimiento existe un reglamento. “No andar borracho”, es la primera norma de seguridad que se impone para poder trabajar en el taller. La estantería mantiene alejadas del piso, y resguardadas de posibles inundaciones, las materias primas y producciones. Aunque, al parecer —puesto que Uriel así lo dice cuando encuentra una mezcla húmeda— basta con secar cualquier compuesto químico para que pueda ser utilizado. El verdadero problema del agua, así se piense lo contrario, es que el oxígeno de líquido alienta y descontrola el fuego de estos artificios cuando están encendidos.

«No tener noticia es mejor»

“No menos de un kilómetro”, es la distancia que, según Uriel, necesita un taller de este tipo respecto a la población más cercana para poder funcionar de manera legal. Los techos más cercanos pertenecen a otros talleres del mismo giro. Aquí se advierten, a simple vista, más de tres extintores a la mano. “No tener noticia es mejor”, dice el artesano, contrariando los principios de cualquier escuela de periodismo. Sin embargo la seguridad es lo primero para este artesano, químico empírico y abogado.

Uriel González Velázquez se graduó hace dos años de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) en el campus Cadereyta. Este título, y los demás, sólo incrementan su currículum para autodenominarse “líder indígena”. Para él, la necesidad primordial de su comunidad y otros pueblos con raíces precolombinas puede resumirse en una palabra: “organización”.

Es preciso regresar al centro, pues el ensamblado del castillo requiere la mayor cantidad de manos posibles y la hora de comer se encuentra muy próxima. De nuevo en el coche, Uriel explica que las mujeres pirotécnicas también existen, aunque no estén presentes en la plaza principal; ellas, desde su hogar, son quienes arman las estructuras tubulares de papel. El castillo de hoy lleva más de tres mil luces y será cuestión de 15 minutos para que termine por arder todo. “Lo bonito dura poco”, dice González.

Lo que no dura poco ni es bonito, es el proceso burocrático al cual los artesanos de Boxasní tienen que enfrentarse si desean trabajar en Querétaro capital. Para Uriel, el mejor apoyo que podrían recibir él y sus compañeros por parte de gobierno es que los dejaran hacer su trabajo; facilitarles los trámites como lo hacen con pirotécnicos foráneos. En comparación con otras comunidades indígenas del estado, aquí la migración a Estados Unidos en busca de un mejor ingreso es mínima. Los habitantes de este poblado son muy arraigados a sus tierras y tradiciones.

Son muchos los contrastes que se perciben durante la visita a esta localidad. Para empezar, González había clasificado a los productos chinos como la principal competencia para cualquier artesano mexicano, sin embargo la gran mayoría de su materia prima —los compuestos químicos y los contenedores para las bombas— es importada del país oriental. También resultaría interesante comparar el dinero que se gasta en esta semana contra el que se ingresa durante todo el año; hay que recordar que de los seis castillos que se queman en estas fechas, sólo uno se paga, lo demás va por la cuenta de los mismos artesanos. Por último (de momento), resulta un caso digno de estudio histórico y sociológico el hecho de que una comunidad orgullosa de sus raíces indígenas “eche la casa por la ventana” para celebrar dos figuras católicas. “Esta era zona cristera, pero igual es curioso, ¿no?”, es el análisis que hace Uriel cuando se le cuestiona al respecto.

De regreso en la plaza Bernardino González, las cosas han cambiado; el número de hombres participando en el armado del castillo se ha multiplicado, el tamaño de las torres ha incrementado significativamente y los reclinatorios de la iglesia han sido extraídos y acomodados a lo largo de la zona que cubre la carpa. Apenas va a dar la una, hora de la misa que solemniza a la Virgen de Guadalupe y a Cristo Rey. Un nuevo contraste: todos trabajan para honrar a estas deidades, pero los pirotécnicos aprovechan el momento de la ceremonia para “echar taco”. Es preciso, puesto que el ruido de sus labores interrumpiría las enseñanzas bíblicas y hay que aprovechar el tiempo muerto para comer y así obtener la energía exigida por esta penúltima —la final será prenderle fuego— etapa de su artesanía.

Afuera, a través de una bocina, se escucha una lectura del Rey David. Por su parte, en el traspatio de la miscelánea y casa de la abuela de Uriel, ubicada justo en la frontal del templo, la atmósfera auditiva se inunda con las risas de los González y de uno que otro con distinto apellido. Las mesas sostienen torres de tortillas envueltas en papel, envases de caguamas abiertas y botellas retornables de Coca-Cola. Los asientos no son suficientes, sin embargo todos los presentes hallan un sitio para ser atendidos por las señoras del hogar.

Son dos los cazos en contacto con las brasas, enormes ambos. El cucharón entra en uno y sale con frijoles bayos, y del otro con un guiso de puerco en salsa roja, estos se combinan en los tazones de unicel que pasan de mano en mano hasta llegar al último comensal en fila. El hambre es notoria; una vez teniendo el platillo enfrente, nadie espera a que los demás estén servidos. Entre bocado y bocado, la algarabía continúa.

Algunos beben cerveza de la botella, otros se sirven refresco en vasos desechables. Hay quienes piden más comida y quienes se levantan tan pronto terminan su primera porción. Los alimentos son deliciosos, los reporteros quieren un poco más, pero la palabra “poco” es omitida por los oídos de las cocineras y no queda de otra que dejar el plato limpio en justa señal de agradecimiento y deleite.

Los “cabrones” que no descansaron

Durante la sobremesa, la cuestión principal es: ¿cómo podrán retomar el trabajo después de tremenda ingesta? Nadie parece preocupado, algunos incluso ya se han encaminado a la plaza. Los demás relajan su postura, se funden con su asiento, platican con el de a lado o gritan para llamar la atención de alguien a la lejanía. “Ese es un primo, aquel un amigo, este un chalán… ¡los de allá no han dormido los cabrones!”, son demasiados como para ubicarlos por nombres, rangos o parentescos, pero todos se llevan bien. Los “cabrones” que no descansaron, estuvieron festejando el día anterior hasta altas horas de la madrugada y fueron despabilados a las seis de la mañana con los cuetones que los mascarados truenan para indicar el inicio de la jornada.

Mascarados, abuelos o Xitas, son los personajes encargados de la organización de la fiesta y la recaudación de fondos para que esta se lleve a cabo. Aunado a eso, sus funciones son amplias y sus referencias varias, razón por la cual comprender la esencia —su transformación y tradición indígena— de los Xitas en Boxasní es complejo. En otras comunidades otomíes, e incluso en otras culturas prehispánicas, la danza de los abuelos es considerada patrimonio nacional; esa en la cual se monta una coreografía autóctona con bailarines vestidos de trajes típicos y máscaras de ancianos. “Curioso”, es de nuevo el adjetivo que Uriel le pone a la mutación que ha sufrido esta figura para derivar en la usanza actual de esta localidad. Todavía no llega la hora de conocerlos en carne y hueso, pero cada vez se acerca más.

De momento las actividades se reanudan. Los reclinatorios son introducidos de nuevo a la iglesia y los González, junto a sus empleados y amigos, agilizan las acciones para terminar en tiempo el ensamblado del castillo. La escena trae a la mente esa palabra que Uriel uso para definir la carencia principal de los pueblos indígenas: “organización”. En términos coloquiales, el trabajo de estos artesanos da la impresión de ser un desmadre bien organizado; nadie parece estar por encima del otro, a pesar de que las jerarquías existen; todos dan órdenes, pero nadie necesita que le digan en dónde tiene que estar. Si hay un hueco, un espacio vacío entre trabajadores pirotécnicos en acción, seguramente habrá alguien con las manos desocupadas dispuesto a llenarlo.

Hay responsabilidades específicas que requieren toda la atención y presencia de quien las desempeña. El ejemplo más claro es el trabajo solitario de quienes sostienen las cuerdas que, atadas a las cuatro esquinas del cubo más alto en la torre, estabilizan las estructuras. Una vez alcanzada la altura presupuestada del castillo, las sogas serán sujetadas con la máxima tensión a los árboles, postes o anclas de metal incrustadas en el asfalto. Pero en el proceso, es necesario coordinar el tire y afloje entre los compañeros que hacen lo mismo en diferentes puntos de la plaza, y de estos con quienes insertan nuevos cubos en la parte baja de las torres.

Los lazos se aflojan sólo lo suficiente y el gato hidráulico levanta toda la estructura para crear el espacio necesario. A continuación se necesita la mayor ayuda posible; algunos sujetan el cubo para que embone a la perfección con el anterior, otros atan velozmente con rafia las tiras de madera. La torre ha adquirido un metro más de altura; el gato baja, quienes sostienen la cuerda la tensan de nuevo y uno o dos valientes escalan la atalaya como piratas trepando por el mástil a la cofa de un barco. La diferencia es que estos artesanos llevan el cuchillo en la bolsa trasera del pantalón en vez de entre los dientes.

En medio de objetos punzocortantes, alturas considerables, las torres que se tambalean cuando las sogas se aflojan, cerveza, explosivos y un temerario por ahí que fuma mientras manipula diversos materiales, son muchos los factores que podrían desembocar en una tragedia. Sin embargo Uriel sigue pensando que todo está bajo control, a final de cuentas son más de 100 años de experiencia en fuegos artificiales los que avalan a su familia. “Igual, con permisos o sin permisos, la gente sigue trabajando”, defiende la forma de ganarse la vida en ese poblado.

“Personajes”, parece ser el vocablo adecuado para referirse a los Xitas de Boxasní. Cerca de las cuatro de la tarde por fin es posible ponerle rostro a los mascarados… metafóricamente hablando, por supuesto. Sin ninguna clase de aviso previo y sin razón evidente, un grupo de personas disfrazadas llega bailando a la plaza. Decir que se detienen frente a los integrantes de la banda —quienes tomaron casi el mismo tiempo de descanso que los artesanos— sería un error, pues la danza no para. Lo único uniforme es el círculo que recorren continuamente al son que toque La Potente; no hay coreografías ni vestimentas en común.

De Dora la Exploradora a Andrés Manuel

El movimiento de manos y pies es tan libre como los disfraces que se observan. Dora la Exploradora, un par de militares —ropa de camuflaje y metralletas de juguete— con máscaras de payaso, Tribilín, un gorila que de vez en vez levanta su máscara para hidratarse con cerveza, un pirata y un osito Bimbo raquítico, son algunos de los personajes encarnados por los “abuelos” del pueblo. A la distancia se distingue sólo un individuo con el antifaz típico de anciano.

Ninguno de ellos quiere hablar, ni siquiera aquel que porta una máscara de Andrés Manuel López Obrador. “Habla todas las mañanas, señor presidente, ¿no podría darnos unas palabras?” No existe respuesta; todos prefieren continuar con la danza. Hay niños, disfrazados también, algunos en brazos, otros tomados de la mano de algún adulto y unos cuantos con libertad total. Al círculo humano que gira se van uniendo personas sin disfraz. Quienes llevan su caguama en la mano no dudan en compartirla cuando alguien les pide un sorbo, y es raro ver a alguien negándose a tomar cuando, sin pedirlo, se les ofrece un trago.

La llegada de los Xitas es como un balazo al cielo que da inicio formal a la maratónica jornada festiva. Uriel explica que toda la comunidad está muy agradecida con ellos, puesto que son quienes hacen posible todo lo que ahora se ve y lo que se habrá de gozar en la noche. De pronto la plaza luce más viva, la presencia humana ya no es exclusiva de los pirotécnicos. Parejas jóvenes murmurándose al oído entre risas, niñas y niños con uniforme escolar formando grupos, ancianos observadores sentados en las bancas aledañas y chiflidos que ahora se escuchan cada que la música se detiene —exigiendo la reanudación del sonido—, son apenas una “probadita” de lo que será la velada.

Incluso algunos de los artesanos ya parecen más relajados. Quienes no trepan a las torres con las mechas que guiarán el fuego, barren; quienes no barren, hacen los últimos amarres en las nuevas figuras de alambre que serán colocadas a la mitad del castillo; quienes no, forman el nudo final en la cuerda que tensa las estructuras. Los que no hacen nada de esto, beben cerveza en vasos plásticos de un litro o directo del cristal mientras verifican a la distancia que su ayuda sea prescindible. Uriel es uno de ellos e invita un trago a los reporteros; el fotógrafo da las “gracias, no”, pero quien escribe no encuentra forma ni motivo para responder con una negativa.

Uno de “los cabrones” que no durmió la noche anterior ha encontrado descanso recargando la cabeza sobre la mesa de un puesto de micheladas recién instalado. “Al rato se despierta, ese es del escuadrón de la muerte”, dice González Velázquez. Ni duda cabe: el hombre duerme de pie. De nuevo llama la atención el sujeto que fuma mientras trabaja, el anfitrión revela que se trata de su tío y añade: “se la sabe de todas, todas. Es de los más veteranos en esto”.

Isabel González, hermano del padre de Uriel, tiene 46 años y, a pesar de ser uno de los pocos que parece aún enfocado completamente en todo lo que está sucediendo alrededor del castillo, accede a dar unas palabras. “No hay miedo, ya estamos expuestos al peligro, pero dicen que no hay que decir las cosas porque luego sí pasan. A veces la adrenalina nos rebasa y ahora sí que hay que buscar la forma de alivianar”, responde al ser cuestionado sobre el cigarrillo encendido que detiene entre sus labios mientras pela el plástico y papel de la mecha con un cuchillo. Ofrece un pitillo y, de nuevo, rodeado de artificios inflamables, quien narra no encuentra razones para negarse.

Entre bocanadas de humo y órdenes, surgen preguntas y respuestas. Encontrar un momento para sentarse en calma es imposible, Isabel realmente está pendiente de todo.
—¿Esto lo aprendió de su papá?
—Este es un oficio empírico. Uno aprende haciendo y observando. Mis abuelos trabajaban esto, mi papá se dedicaba a esto y eso fue lo que nos dejó.
—¿Su papá sigue vivo?
—Murió hace dos años. Le hicimos un homenaje con un castillo y un piromusical en recuerdo de lo que él nos enseñó… —interrumpe lo que dice para indicarle a uno de sus empleados que tense más la cuerda que sostiene— ¡Jalate, Luis!

Reconoce en el padre de Uriel a su más importante mentor. Tras las muertes —de su padre y de su hermano—, Isabel no sólo tomó por voluntad propia la responsabilidad del negocio familiar, sino también la de transmitir el conocimiento que ha heredado y aprendido mediante la práctica y los errores.
—He tenido experiencias de quemadas fuertes, eso me ha enseñado mucho a cuidar a mis trabajadores. Esto es peligroso, hay que evitar riesgos.
—¿Usted tiene hijos?
—Sí, pero están chicos todavía, no andan por aquí.
—¿Se van a dedicar a esto?
—Ellos tienen que tener primero el estudio, ya después ellos dirán si quieren seguir esta profesión.
—¿Les llama la atención?
—A uno de ellos sí. Es que esto ya viene en la sangre. Uriel estudió, pero ahí anda haciendo este trabajo.

Viendo de frente el par de torres, el diseño de aquella que se erige de lado izquierdo proviene de la creatividad de Isabel. “Echar a volar la imaginación”, es la frase que él y su sobrino predican exactamente de la misma forma. “Por eso es un juego de palabras entre fuego y juego, porque echamos a volar la imaginación”. Eso sí, al ciente lo que pida; cuando así lo requiere la ocasión, los artesanos se adaptan a las ideas de quien paga el trabajo. El otro diseño, el de la torre de la derecha, fue ideado por otro de sus hermanos.
—¡Mira, el Héctor no está bien cuadrado allá —no deja de hacer valer su experiencia y jerarquía—!
—¿Usted cree que es importante que esta tradición siga?
—Como identidad cultural esto tiene que seguir, esto es lo que mantiene unida a la gente. Es parte de la cultura; la tradición.

“Todo tiene su defecto”, según Isabel, quien no niega que sus actividades contaminan y está consciente que su deber, y el de sus compañeros, es encontrar una solución para reducir los efectos adversos que su oficio provoca al medio ambiente. Aunque también encuentra la ironía en la falta de acción de las autoridades para con las empresas que contaminan en mayor cantidad y constancia. En su opinión, los gobernantes sólo han volteado la vista a la comunidad cuando algo se les ofrece, en cambio jamás se han preguntado por las necesidades de los artesanos pirotécnicos de Boxasní, a pesar de la existencia de una asociación establecida.

El tío de Uriel asegura que los 5 millones que se gastan las administraciones públicas en fuegos artificiales elaborados en otros estados, darían la posibilidad de incrementar la cantidad de trabajos que diversas empresas en Cadereyta generan. Actualmente Isabel cuenta con siete empleados “de planta”, es decir: fijos durante todo el año. Estos se suman a quienes se autoemplean (los freelancers) cuando salen a quemar castillos y a las amas de casa que trabajan, desde el hogar para no descuidarlo, el papel de los cuetes y el de las mechas. El salario de estas últimas ronda entre los 150 y 200 pesos por día. En promedio son 12 nóminas constantes las que Isabel solventa.

Contrastes. Uriel e Isabel, sobrino y tío, defienden la importancia de resguardar la tradición de su oficio. Ambos conocen los riesgos muy de cerca, pues el padre de uno y hermano del otro falleció hace casi 10 años tras una explosión. Contrastes; las generaciones más veteranas enseñan la escuela clásica de la pirotecnia y las jóvenes llegan con el conocimiento para implementar la tecnología en esta artesanía.

Detrás del castillo, un adolescente fornido instala, sobre cubos como aquellos que se usan para dar altura a las atalayas, tres artefactos cuyas formas se asemejan a la tapa de un gran cofre. Tomando en cuenta los tubos de cartón, de diferentes tamaños y colores, incrustados sobre la superficie curva de los artefactos, el cofre coge, más bien, la forma de un erizo. El joven que ha traído y manipula los aparatos responde al nombre de Orlando González y es primo de Uriel. Y los aparatos, aunque con imaginación puedan pasar por objetos y seres fuera de lugar, son el equipo necesario para llevar a cabo un espectáculo piromusical.

Un tanto por el atareo y otro tanto por su timidez; las palabras que Orlando ahorra para los reporteros son las indicaciones que le da a su hermana y primos menores, quienes trabajan con él. Sus cortas respuestas, aunadas a la información que Uriel previamente platicó, son suficientes para entender a grandes rasgos cómo funciona esta parte del oficio. Mediante un software se programa el tiempo correcto para que, vía señales eléctricas, se enciendan los cuetes cuyo estallido y resplandor acompañarán la melodía previamente seleccionada. Una canción en honor a Cristo Rey y Rango, una de banda, son las pistas con las cuales empatarán las explosiones de color tras la quema del castillo.

La cuenta regresiva ha iniciado. Pasadas las seis de la tarde, todo parece estar casi listo. Ya son más las manos artesanas que sostienen una cerveza y menos las que se involucran en los preparativos para la fiesta. Aproximadamente, cinco metros mide el tubo que atraviesa a la mitad la torre izquierda. Cuatro hombres han sido suficientes para colocarlo y son ellos mismos quienes, ya afianzado el tubo con rafia a la estructura de madera, embonan una rueda con una inscripción —de momento ilegible— hecha de alambre que girará alrededor de una figura beata.

El sol comienza a desvanecerse en el horizonte, una tercera estructura vertical comienza a ser erigida al centro y detrás de las otras dos que han alcanzado su máxima altura. Uriel cree oportuno el momento para ir a su casa y tomar una ducha. Así mismo, los reporteros buscan un instante para reposar la energía y procesar toda la información recibida. Mientras algunos, como los artesanos y periodistas, registran casi 10 horas de actividad, los tenderos de los puestos de feria apenas comienzan la jornada. Hot cakes, pan de nata, pizza y tacos son algunas de las ofertas gastronómicas. El hombre que vende cobijas, desde la parte trasera de su camioneta de redilas, ya afina la garganta para su cantaleta a doble tempo sin respirar. Las carpas de juegos de destreza ya esperan a los primeros audaces que se crean capaces de levantar una botella con el aro que cuelga de un hilo, o clavar las canicas en lo agujeros con más alto puntaje.

La música deja de ser un murmullo, y ahora envuelve todo

En un abrir y cerrar de ojos —lo que duró una siesta dentro del automóvil—, el estacionamiento en la parte trasera del hogar de los González Velázquez, que se cobra a 50 pesos para las visitas que no entran en el rango de “VIP”, ha sido ocupado en un 25 por ciento. La música que antes era apenas un murmullo que llegaba desde la plaza principal, ahora envuelve la atmósfera de todo el pueblo. El frío invernal ya incita a portar una prenda abrigadora y la noche se ha apoderado por completo de Boxasní.

Doña Leo, madre de Uriel, incita a los reporteros a regresar a casa tan pronto el trío que ahora toca en el centro se baje del escenario, pues donde cenan tres hay espacio para dos más. Los juegos mecánicos que horas antes se antojaban abandonados, al margen del camino de focos y carpas que lleva a la fiesta, ahora aguardan a la clientela, pero la gente se ha congregado en la plaza Bernardino González. Allí, donde la tarima que solía parecer una ruina se ha convertido en la atracción alrededor de la cual gira la festividad.

El castillo, por fin, está terminado. Tres torres de 21 metros lo componen, cada una es iluminada por su propio reflector. Las luces circulares se pasean sobre las atalayas de extremo a extremo y hacen notar que la estructura trasera ha sido menos decorada que las frontales. Un cordón amarillo de plástico que pide “PRECAUCIÓN” con letras negras, resguarda el perímetro de la edificación pirotécnica. Mas nadie respeta los límites marcados por la cinta; al menos no en este instante, cuando las figuras de alambre aún no están tan definidas como lo estarán al convertirse en siluetas de fuego. Cuestión de un par de horas.

Son las ocho y media, pero La Nueva Esencia Huapanguera, el trío del municipio serrano Pinal de Amoles, lleva treinta minutos reuniendo con su música a la masa humana que se ha triplicado (por decir lo menos) en las últimas dos horas. Los tres artistas que ahora se presentan no fueron quienes inauguraron el escenario formalmente; esa tarea fue ejecutada por una agrupación local llamada Musical Boxasní. Todos los habitantes de este pueblo tienen algo que aportar a la fiesta patronal; muchos dan dinero, algunos ponen las melodías, otros el fuego, otros cerveza. Y hay quienes participan sólo con su presencia y energía cinética.

La pista de baile es un cuadrilátero enmarcado por la iglesia, el escenario y dos filas, casi rectas, de personas que platican entre ellas mientras observan a los músicos o a los danzantes. En los linderos también hay quienes solamente esperan el son de su preferencia para zapatear dentro del recuadro. El huapango parece ser la luna llena que levanta la marea de gente que va y viene dependiendo del género que los artistas interpreten. A pesar de su nombre, el trío no limita la variedad en su repertorio e incluso acepta peticiones.

Entre los bailarines resalta, a ojos de quien relata, un hombre alto con atuendo de cowboy; sombrero, botas, mezclilla, camisa a cuadros y chaleco. No es un joven pero tampoco un viejo, su pareja en la pista podría ser su esposa o su hija. Podría ser una adolescente tardía, o una mujer entrada en madurez con rasgos de niña. No hay pistas que revelen la relación que guardan; ni miradas cómplices ni palabras ni afectos. Su interacción se reduce a la danza, harta en gracia y perfecta en sincronía, que llevan a cabo cada que escuchan el huapango. Parecen deslizarse; él junta los tobillos, estampa una planta del pie, luego la otra, recula el talón, después el otro. Ella lo sigue con pasos más cortos. El ritmo incita, pero describir esta acción ha resultado más fácil que imitarla.

Quién sabe cuánto tiempo llevaba Uriel detrás de la conglomeración. Pegado al cordón de seguridad, con ropa limpia y gomina en el pelo, vigila el desarrollo de la fiesta. A sus pies tiene un six de cerveza en lata, lo levanta y ofrece; a falta de café, la “chela” es aceptada. Él toma una para su propia sed, las que restan regresan al suelo. “¿Tienen hambre?”, pregunta. Al recibir como respuesta la indicación que dio su madre —acudir a casa cuando La Nueva Esencia Huapanguera terminara el recital—, Uri repite la pregunta, añadiendo que los músicos podrían demorarse. Ante la mirada de incertidumbre que cruzan los reporteros, el artesano impera: “vengan”.

La visita es guiada de nuevo a la casa donde los González comieron pasado el mediodía. Al igual que el acomodo de las mesas, el menú ha cambiado; pasta, arroz, frijoles refritos y carne de res asada. El buen sazón se mantiene intacto. A las opciones de bebida —Coca y cerveza— se ha unido una infusión de agua caliente y canela para preparar una suerte de café de olla instantáneo.

Uriel ha regresado a la plaza tan pronto sus huéspedes tomaron asiento. No así su tío Isabel, quien, ya acicalado, se atraviesa apresurado por el panorama, pero recula su andar para hablar con uno de los comensales. “Compadre”, lo llama tocándole la espalda, “¿no quiere una cervecita?”. La respuesta es negativa y excusada con una anécdota que, mediante jergas y coloquialismos, cuenta el exceso en la bebida durante la fiesta del año anterior.

El compadre de Isabel llama “papá” al hombre sentado a su lado. Osvaldo y Francisco Guzmán, hijo y padre, son oriundos de San Gaspar, un barrio de tradición pirotécnica en la cabecera municipal de Cadereyta. Después de ser cuestionados, ellos también se preguntan quiénes son sus interlocutores y qué hacen ahí. “Deberían venir el ocho de marzo, día de San Juan de Dios; patrón de los cueteros”, el mayor invita a la próxima gran fiesta al enterarse que habla con periodistas. Este año la sede es la cancha de fútbol de Boxasní, ell siguiente será San Gaspar, donde los artesanos piden lo mismo que los de acá: que se respete la tradición, pues conforma parte de su identidad como comunidad.

Afuera el trío sigue tocando y el frío se va quitando dependiendo de qué tan inmerso se encuentre uno con la multitud. Aún falta para que el fuego sustituya el calor humano. Media hora después de las nueve, por primera vez en la plaza se nota la presencia de los cuerpos de seguridad ciudadana: la policía municipal. Los tres agentes visorean a la distancia las festivas circunstancias. “Evitar riesgos como riñas y robo de vehículos”; explica su presencia de forma concreta el oficial Luis Ángel Padilla, quien también señala a Protección Civil como el departamento encargado de prevenir accidentes relacionados con los juegos pirotécnicos.

Al contrario de los más de cinco extintores que se han dispersado en los alrededores del castillo, los elementos de protección civil no se distinguen a simple vista por ningún lado. Quienes sí se ven, aún a la lejanía, son los 17 integrantes de La Potente, quienes interpretaban canciones instrumentales de géneros variados —desde El Venao hasta Spanish Girl—,mientras los artesanos hacían su montaje. Todos se han cambiado el uniforme e incluso parece que más de uno visitó la regadera. El trío se despide y presenta a los sucesores, quienes intempestivamente muestran que su repertorio, tan amplio como es, tiene el músculo en la música de banda.

La pista se ha convertido en un mar agitado de parejas que giran y brincotean al ritmo de las tarolas y trompetas. Nadie deja de moverse, acercarse al escenario implica, sí o sí, chocar con algún bailador. Los artistas, arriba de la tarima, tiene su propia coreografía. Sus trajes blancos, un tanto garigoleados, que adoptan el color de la luz que los ilumina, anticipan la noche multicromática que se avecina. Notas de sudor y cerveza impregnan el aire. Contrastes; en los márgenes del jolgorio hay ancianos apoyados en bastones que observan cómo los jóvenes se divierten y bebés en carriolas sin noción de lo que sucede en su entorno.

La primera detonación de la noche se escucha a las 10 y fracción. El estruendo y las chispas en el cielo negro parecen programados para ser percibidos sólo por aquellos seres que no habitan en la comunidad. Ninguno de los locales se detiene, sea cual sea su actividad, y los perros que deambulan por la plaza parecen más preocupados por evitar meterse en el trastabilleo de un humano descuidado. Para localizar a Uriel basta buscarlo en el mismo lugar donde se encontraba antes de la cena. No hay palabras de por medio, pero su sonrisa parece decir: “sí, ha comenzado esto que llevan esperando todo el día”.

Rostros vistos durante la edificación del castillo se reúnen a un costado de Uriel; ha llegado la hora de los “toritos”. No sólo son bestias de lidia las figuras de cartón que sostienen la estructura de varillas cargadas de explosivos, también hay un par de leones con melena. Lo que sí le hace honor al nombre de estas amenidades pirotécnicas es la actividad que se realiza con ellas; tan pronto alguien enciende la mecha, el hombre que carga al torito embiste contra la multitud.

Ahora el mar de gente en la pista parece dividido por la mano de Moisés. La música no se detiene y a los habitantes de Boxasní, bailen, parlen u observen, les basta hacerse a un lado de la lluvia de chispas coloridas para continuar con lo suyo. Quienes sienten al calor más de cerca encogen los hombros, mas nadie muestra indicios de miedo al fuego, nadie se nota desorientado por los silbidos y tronidos de los cuetes. No se percibe sensación alguna que no sea la costumbre. Los más reaccionarios graban con su teléfono móvil y los infantes juegan a acercarse como si de una fuente salpicando agua se tratase. En cambio, este reportero está completamente intoxicado con euforia, respira agitado el aroma a pólvora y cerveza y huye cada vez que el torito avanza en su dirección.

Casi media hora dura el juego de las faenas a la pirotecnia, siete animales se encendieron sucesivamente —en ningún momento hubo más de un torito o leoncito en el ruedo—. No hay señales explícitas que anticipen lo que va a suceder, pero todos parecen saber que la escena principal está por cambiar de orientación. La Potente de Oaxaca advierte que la gente ha puesto su atención en algo más; también ellos saben, puesto que tocaron el día anterior, lo que se viene a continuación, aunque no están seguros de cuál tiene que ser su actuar. Luego de externar sus dudas en el micrófono, por iniciativa propia interpretan La Guadalupana. Las lánguidas vocales de la agrupación prueban, de nuevo, que su fuerte es el género de banda.

Debajo del castillo, Isabel, acompañado de Perfecto y otro de sus hermanos, enciende la mecha de la torre que diseñó. Ahora todos respetan el perímetro marcado por el cordón de plástico. Por un momento, la parte baja de la atalaya izquierda parece incendiarse sin patrón ni control alguno. Sin embargo bastan unos cuantos segundos, luego del estallido inicial, para observar al fuego adoptar colores y formas. Es una flor que gira sobre su propio eje y que, gracias a las capas de pétalos, da la sensación de ser un mándala tridimensional infinito que se envuelve a sí mismo. Mas nada es perenne; la llama se extingue lentamente y la figura se difumina mientras la rueda sobre la cual está trazada deja de girar.

El efecto visual supera las expectativas, en cambio el sistema de encendido es mucho más austero de lo que uno se podría imaginar, teniendo en cuenta que existe un software para programar las detonaciones a la distancia. Una vez más, se requiere de una mano y un cerillo encendido para echar a andar el juego pirotécnico de la parte baja de la torre contigua. Es probable que exista una especie de fórmula para diseñar un castillo de este tipo; el primer bloque de la torre derecha es también un reguilete en forma de flor poco distinto al anterior.

Contrario a lo que se pensaría, aún no es el turno de la atalaya trasera. A continuación se le añade fuego a la parte media de la estructura izquierda (la primera que se encendió). Esta ilustra la silueta fija de un santo y, alrededor de ella, un letrero giratorio explica de quién se trata; “VIVA SAN JUAN DE DIOS”, se lee. Completamente extintas las formas anteriores, la llama le toca a la estructura paralela y revela la imagen de una Vírgen rodeada por estrellas.

Acatando un orden indescifrable ante ojos advenedizos, es momento de que la tercera torre luzca la flor de su parte baje. Esta libera más humo que las dos anteriores, por lo demás es muy similar; una espiral de pétalos giratorios. El olfato ya no percibe otro aroma que no sea el de la pólvora. Los músicos siguen tocando pleitesías para un público que apenas presta los oídos.

El turno es ahora de las figuras, antes inadvertidas, que cuelgan como aretes a los costados externos de las torres frontales. Primero los aros giratorios que encierran una corona y un corazón del lado zurdo. Luego los dos cubos fijos que enmarcan las siluetas móviles de una cruz y el perfil de un santo del lado diestro. Tras esto, por primera vez los tres González que rebasan el cordón preventivo se separan. Cada quien se posiciona debajo de una de las estructuras y acerca un fósforo encendido a la última mecha que pende de estas.

No existe una perfecta sincronía, pero, tras unos segundos, las formas del último bloque de cada torre alcanzan una máxima definición simultánea. Atrás se distingue a un Cristo con corona (Cristo Rey); a mano derecha una Vírgen de Guadalupe con la insignia: “REINA Y MADRE MIA”; y a la izquierda una representación de Cristo en la cruz. La banda interpreta Las Mañanitas en honor a la Virgen del Tepeyac.

El fuego de las últimas figuras se extiende hasta las puntas —los alambres con forma de antena sostenidos al cubo más alto— de sus respectivas torres. Las tres cuentan con discos giratorios, sin embargo estos han sido instalados de forma perpendicular con respecto a las atalayas, por ello que el mensaje que contienen se lea letra por letra. “VIVA MARIA”, es la leyenda de una de las frontales, la otra dice: “VIVA CRISTO REY”. En la trasera no hay palabras, sino flores y estrellas, pero de este pico se dispara un proyectil que cruza la bóveda celeste cual cometa antes de estallar.

La fuerza centrífuga de las ruedas hace que las chispas salpiquen a la multitud. Al igual que con los toritos, los locales no muestran ni un ápice de temor ante el riesgo inminente de una quemadura. En cambio los reporteros agachan la cabeza para proteger sus ojos de la lluvia de fuego y de las cenizas que se esparcen por la inercia cuando la pirotecnia ha cesado.

De pronto todo parece estar en completa calma, a excepción de los lagrimales de este que narra. No por quitarle mérito a la quema del castillo; de cierto modo es conmovedor recordar a Uriel diciendo que lo bonito dura poco, no obstante lo que hace que las cuencas oculares se inunden es la nube de humo que se ha apoderado de la plaza principal en Boxasní. Uno de los vocalistas de La Potente vuelve a preguntar qué sigue en el itinerario. “¡Ah, el piromusical!”, repite en el micrófono lo que alguien entre la audiencia le ha señalado.

El sonido indica que el encargado en la cabina de audio ha cambiado de fuente. Se escucha una cuenta regresiva que empieza en 10. “Nueve, ocho, siete…”, acompañan los pobladores a la grabación que ruge en las bocinas. El estallido de la primera bomba empata con el inicio instrumental de la canción. “Un grito de guerra se escucha en la faz de la tierra y en todo lugar”, es la estrofa que inaugura el himno dedicado a Cristo Rey.

“Lo que ves en las olimpiadas ya lo hacemos aquí”, había dicho Uriel con antelación en referencia al piromusical. Esta aseveración se antoja verdadera, en cuanto a la cantidad de fuegos artificiales empleada. Sin embargo la sincronía de los cuetes con la melodía da la impresión de poder ser más precisa. Lograr la excelencia en este rubro no debe ser cosa sencilla, puesto que existe una explosión a nivel de suelo y otra en el cenit cuando se liberan los colores. Igual, algo tienen los juegos pirotécnicos que resultan emotivos hasta para quienes no celebran nada. Tal vez sea esa aspiración humana de manipular algo tan impredecible como lo es el fuego.

Poco más de siete minutos duran las dos canciones (Viva Cristo Rey y Rango). La gente no necesita que nadie le diga que la exposición de los González ha finalizado, todos aplauden. Los decibeles de las palmas disminuyen al tiempo que aumentan los silbidos exigiendo el retorno de la música. La Potente se arranca sin más preámbulos y la marea de personas bailando en la pista crece más que nunca.

A Uriel no se le mira por ningún lado, más tarde escribirá en un mensaje de texto que acompañó a su novia a casa, a pesar de haber anunciado antes que no solía estar para su pareja en fechas como esta. Isabel, en cambio, no ha salido del centro del triángulo que forman las torres de su castillo chamuscado. Entre bocanadas de humo de cigarro pregunta si la visita ha disfrutado del espectáculo. La contestación afirmativa precede al agradecimiento y despedida por parte de los reporteros.

«Vivimos al día», los sentires de Doña Leo

Desde un montículo de tierra, Doña Leo orquesta la entrada y salida de autos al terreno de la parte trasera de su casa. Visto a través de la nube de polvo que levantan las llantas, se antoja que no cabe un vehículo más en el lugar. Leonor Velázquez se niega a recibir los 50 pesos que suele cobrar por el servicio de estacionamiento, pero aprovecha los últimos instantes de convivencia con la prensa para dar a conocer sus sentires.

Aquello que más la aqueja es la imposibilidad de comprobar los gastos que se hacen para la sustentabilidad de la comunidad —la cadena interna de consumo—. Las mujeres de Boxasní como Doña Leo dividen su tiempo entre el cuidado de la familia (y el hogar) y la venta de servicios y productos de manera informal. Esto les impide facturar y, por consecuencia, crecer económicamente. “Vivimos al día, si me falta carrizo para hacer las ruedas de un torito, voy con la vecina que lo siembra en su jardín y lo riega con agua de la llave. Si me falta material para una tarea de mis hijos, voy con mi amiga que vende papelería”, ejemplifica la mamá de Uriel.

“Ha sido difícil y ha sido pesado, pero, con mucho valor y sacrificio, le di a mi hijo la licenciatura en derecho y saque a tres de la prepa. Ahorita tengo dos en la prepa y dos en la primaria”, Leonor relata la vida tras la muerte de su marido, “de ese oficio que él me dejó, con lo poco o lo mucho que aprendí, los he sacado adelante”. Sus formas indican que se siente orgullosa de lo que ha logrado y de que esto se refleje en la importancia que Uriel ha adquirió para la comunidad; “todos lo vienen a buscar cuando necesitan resolver algún problema”, dice sonriendo.

La artesanía pirotécnica le ha dado a Doña Leo, y a muchas otras mujeres en Boxasní, la oportunidad y las herramientas para mantener, escolarizar y educar a sus hijos. Este trabajo la ha empoderado como mujer indígena, “luchona” y emprendedora. A la vez, gajes del mismo oficio le quitaron la vida a su esposo… Contrastes.

  • Este trabajo periodístico fue realizado dos meses antes de que se decretara la contingencia sanitaria en México

 

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