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Presté mi cuerpo a la ciencia: fui conejillo de indias para la vacuna contra Covid

Crónica y fotos: Josué Méndez Ruiz/EnLaLupa.com

En la segunda mitad del pasado mes de diciembre encontré un tuit del gobierno de la Ciudad de México invitando a formar parte de la fase III de ensayos clínicos para una vacuna contra Covid-19.

Las ganas de inmunizarme lo antes posible me llevaron a completar de inmediato el simple cuestionario al que dirigía dicho tuit, con la esperanza de volverme “invulnerable” al terrible bicho que tanto ha alterado al mundo.

Derrotista por experiencias recientes en mi vida, me olvidé del asunto una vez que el calendario marco un nuevo año: “Qué más da, otra oportunidad cebada”, pensé. Sin embargo, al revisar mi correo electrónico el 4 de enero encontré un mensaje con el asunto Estudio 1 Covid 19. Me apuré a abrirlo y confirmé que tendría el honor de poner mi cuerpo a disposición de la ciencia.

Adjunta venía una Carta de Consentimiento Informado para Participar en el Proyecto, o sea, un documento de 21 páginas con todos los pormenores del estudio, como: la vacuna que me aplicarían, la explicación de que tendría 50 por ciento de probabilidad de recibir la vacuna y 50 por ciento de recibir un placebo; los derechos de los sujetos de prueba, la duración del estudio, responsabilidades, riesgos, etcétera.

Al día siguiente, martes 5 de enero, estaba en la puerta 2 del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, en el sur de la Ciudad de México (muy al sur). Cuando llegué eran minutos antes de las 2 de la tarde, hora señalada en el mensaje.

En la recepción me pidieron mi nombre: “¿apellidos o nombres primero?” pregunté; “es igual”, respondió mecánicamente la vigilante. Encontró rápido mi registro y lo palomeó.

Siguiendo sus indicaciones, pasé a una mesa donde un par de enfermeras tomaba la saturación de oxígeno y anotaba el resultado en su lista y en una hojita de papel para los sujetos de prueba.

Mi dedo tembloroso no permitía al lentísimo oxímetro determinar un número, finalmente descansé la mano en una mesa y plasmó en su pequeña pantalla de vidrio un 88, indicador preocupante.

Una relajada enfermera me dijo que debía calentar mi dedo para que funcionara adecuadamente el aparato, así que lo restregué contra mi ropa y después de varios incómodos segundos un aceptable 94 apareció en la pantallita. Con ello se me permitió continuar.

Séptimo piso del Hospital de Nutrición, como se le conoce comúnmente a estas instalaciones: hallé una sala de espera con cuatro o cinco personas, todas en sus veintes o empezando sus treintas. Me senté en el sitio más cercano y esperé alguna indicación.

En el transcurso llegaron varios sujetos de prueba más: hombres y mujeres mayores, una familia platicona y ruidosa… en fin.

Cuando el grupo se volvió suficientemente voluminoso (alrededor de 12 personas) nos pasaron a un aula para hablarnos del estudio y obtener nuestros consentimientos. La doctora María Lourdes fue la encargada de la plática, ella es parte del equipo de investigadores responsables del estudio en México.

De forma amable y amena, trató temas como la replicación del virus, la importancia del estudio en cuestión, la seguridad de la vacuna y la atención a la que tenemos derecho por parte del hospital.

Todo parecía muy agradable hasta que una mujer (supongo que representante de la farmacéutica, no dijo su nombre ni cargo) decidió que el tiempo de la información había terminado y procedió a apresurarnos para completar los formatos que teníamos frente a nosotros.

Sus indicaciones iban muy rápido y no era atenta, nos confundió a muchos. Por más que intenté seguirle el paso me atrasé, me revolví y terminé llenando mal el formato de una compañera de fila (entre los presentes tuvimos que firmar nuestros formatos en calidad de testigos).

Tan apenado que apenas podía hablar, le regresé las hojas a la compañera, evidentemente no le agradó mi tropiezo, pero se limitó a preguntar a Lady Prisas qué hacer; ella, con molestia, le dijo que el médico podría escribir el dato correcto sobre mis garabatos (no dijo “garabatos”, pero supongo que pensó en una palabra peor).

Los papeles que firmamos consistían principalmente en la Carta de Consentimiento Informado y algunas otras hojas. No pudimos darle una checada extra, se asumió que leímos la carta con antelación.

Como fuimos terminando, bajamos al segundo piso del hospital, donde seguimos a los compañeros que habían llegado antes. Sin indicaciones claras, nos sentamos en una sala de espera nuevamente, esta vez nos llamarían para una revisión médica, toma de sangre y finalmente para recibir la vacuna (o el placebo).

Arbitrariamente se decidió que las personas sentadas al frente pasarían primero (no necesariamente fueron las primeras en llegar). La familia ruidosa se apretujó junta en la segunda fila ante la molestia de algunos, pero todos evitamos cualquier confrontación.

Durante la espera de casi una hora, aplicaron una prueba de embarazo a las mujeres en edad reproductiva, por lo que acudieron al baño para orinar en un vasito.

Poco a poco fuimos pasando a los consultorios (su servidor fue el antepenúltimo), ahí nos hicieron preguntas y mediciones de signos vitales, a fin de determinar nuestra elegibilidad para el estudio. Tras esto, una espera más para extraernos tres tubitos de sangre y después otra pausa más antes de recibir la esperada vacuna.

Preguntas frecuentes:

– Lo que me inyectaron no me causó dolor alguno, apenas si sentí la pequeña aguja.
– No tuve ni he tenido malestares.
– Estuve en el estudio de la vacuna de CanSino.
– No sabré si recibí la vacuna real o un placebo hasta como dentro de 6 meses.

La atención del personal médico en cada paso fue cordial, no tengo queja más que hacia la señora con prisa, pero entiendo el estrés que existe en el ámbito:

Nos mencionaron que se han hecho mil pruebas de este tipo en el Hospital de Nutrición y están por hacer mil más, mientras tanto la carrera contra la Covid-19 sigue. Los profesionales de la salud deben estar exhaustos de correr con viento en contra y sin divisar claramente la meta. Aunque todos esperamos que la pandemia cese en el transcurso del año, con la inmunización de millones de personas, aún no hay certeza.

Pasan de las 6 de la tarde y finalmente han transcurrido los 30 minutos en los que se espera algún efecto secundario, nadie de mi grupo de prueba presentó reacciones. Una revisión más con las enfermeras que aplicaron la vacuna y listo, transcurrieron 4 horitas, pero terminamos.

Ahora debemos reportar semanalmente nuestra situación de salud por el próximo año. Si nos vacunaron realmente ya ganamos, si no, nos darán prioridad para recibir la dosis verdadera cuando esté avalada. Por ahora, nos seguiremos cuidando, anhelando un nuevo correo o una llamada afortunada que diga “lo que te inyectamos era de a deveras”.

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