Historias de la Metrópoli

Los túneles de Querétaro, entre el olvido y las leyendas

Entrevista: Patricia López Núñez/EnLaLupa.com

Fotos: Guillermo González

Un largo túnel recorre la ciudad de Querétaro y acumula historias de cientos de años. La acequia madre o sistema de bordería que se construyó en 1500, funcionó durante más de 200 años hasta que quedó en el olvido con el uso del Acueducto. A lo largo de todo este tiempo, motivó la leyenda del escape del emperador Maximiliano, fue testigo de la fuga de reos en los años 50 y atrae a turistas, empresarios, historiadores y los queretanos que no olvidaron el túnel que se encuentra bajo sus pies.

Jaime Zúñiga Burgos, historiador y escritor y cronista de El Marqués, recuperó la historia de la acequia madre, tras recorrer algunos de los puntos del túnel que son visibles en diversos puntos de la ciudad y otros que solo pueden conocerse al entrar a algunas viviendas privadas. El túnel se encuentra tapado en distintos puntos, pero hay sitios donde alcanza los 4 metros de ancho por 3.5 metros de alto.

Después de que ya no contaba con agua, el túnel albergó capillas, bares, centros nocturnos y en muchas casonas del centro se expone de manera visible a quien decide visitar la antigua bordería de Querétaro.

Jaime Zúñiga respalda la intención que tuvieron algunas autoridades para hacer del túnel un espacio turístico, porque lo más importante es recuperar la historia, sobre todo porque en Querétaro “todos sabían que existía bajo sus pies, pero ya no tenía agua. Funcionó más de 200 años y quedó obsoleto” para darle paso a las leyendas.

La promesa con la abuela

Jaime Zúñiga se empezó a interesar desde muy niño en la historia cuando su abuela le platicaba las leyendas originales de Querétaro. Ella era sobrina de un canónigo, Ignacio Prisciliano Altamirano Bravo, quien tenía una biblioteca con muy buenos documentos. Ella leía las historias y transmitió toda la información a su nieto.

“Ella me las transmitió con la intención de que yo estuviera obligado a que no se me olvidaran, cada vez que me platicaba algo me decía: que no se te olvide hijo, que no se te olvide”, recuerda.

Entre 1958 y 1959, junto con otros estudiantes y académicos de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), como Sergio Alberto Solorio, Lucila Elba Romero y Eduardo Moreno Salazar, entre otros, inició un programa en la radio universitaria. Era a él a quien le tocaba contar las leyendas de Querétaro.

El escritor y periodista J. Guadalupe Ramírez lo escuchó en una ocasión y le ofreció publicarlas, con su correspondiente crédito, pero Jaime se negó. “Sentí que era como traicionar ala abuela y le dije: algún día yo las publicaré. Cuando tuve la oportunidad y el tiempo para dedicarme a esto, retomé la escritura y las leyendas”, recordó.

El túnel de Maximiliano y su tortuga

Una de las leyendas más conocidas de Querétaro era precisamente el túnel de Maximiliano, sobre todo porque la mañana del 15 de mayo de 1867 los queretanos, encerrados a piedra y lodo, no se explicaban cómo Maximiliano, quien estaba en La Cruz, reaparecía a media mañana en el Cerro de las Campanas.

La gente consideraba que Maximiliano huyó por el túnel y la leyenda se llenó de “sabor” poco a poco, porque hubo gente que contaba cómo el emperador cruzó el túnel a toda velocidad a lomo de caballo hasta llegar a la cueva del Cerro de las Campanas, que todavía podía apreciarse antes de 1967, cuando Juan Olaguibel construyó el monumento a Juárez.

“En la parte media había una cueva, era una salida de agua de mucho tiempo, donde había un orificio en una piedra donde estuvo la bandera imperial. Eso era lo único real que había. La historia consignaba que Maximiliano, en la época del sitio, ahí se metía para guarecerse del sol, para descansar, para dormir. En los años 50, los guías de turistas se desataron en agregados fantasiosos y decían que Maximiliano era entomólogos, le gustaban los insectos y había descubierto en Querétaro varias especies de insectos que no estaban clasificados y él les da nombre”, explica.

Parte de la leyenda dice que en uno de los recorridos por el río Querétaro y por la Alameda, Maximiliano encontró una pequeña tortuga que adoptó como mascota.

“Eso era parte agregada de los cronistas y los turistas se quedaban boquiabiertos, porque decían que Maximiliano le mandó grabar en la concha el escudo imperial, adornado con piedras preciosas. Antes de entregarse, Maximiliano se acuerda de su mascota, la saca de la bolsa, él sabía el destino que lo esperaba, que lo iban a mandar fuera de México, no que lo iban a fusilar. Deja la tortuga en la cueva y se va. Lo fusilan, pasa el tiempo y después de 60 o 70 años, decían que cuando llovía, con el agua salía la tortuga, con el escudo imperial”, narra entre risas.

La leyenda de Maximiliano fue la que motivó a Jaime Zúñiga a investigar la existencia del túnel, su tamaño y si era posible que un emperador recorriera todo el lugar a caballo.

La revisión a las casonas

Una casa de sus primos, ubicada en Pasteur número 12, contaba con una parte de un túnel, donde también se encontró una imprenta. La leyenda del túnel ya no era fantasía, por lo que Jaime se puso a estudiar y lo primero fue cuestionar la falta de información oficial sobre la llamada acequia madre, el drenaje más antiguo de la ciudad.

Lo primero que encontró fue que el túnel no tenía continuidad, porque cada propietario de los predios “iba cerrando la acequia madre, cada uno se encargaba de preparar los pisos, los muros y cerrarlo para ocupar el terreno arriba. En La Marquesa, por ejemplo, todo el patio, desde la entrada hasta la escalera, todo está hueco y del lado izquierdo de la escalera hay una entrada que baja a la acequia madre”.

Una cantina de la calle de Madero forma parte del túnel y en la casona del Museo del Calendario también puede apreciarse una parte. En este lugar se utilizó parte del túnel como capilla durante la persecución religiosa y después se construyó un aljibe que puede visitarse.

En muchos de los casos, la decisión de cerrar el túnel atendió a los problemas de inseguridad. “Hubo una fuga de presos en 1957, la cárcel era donde es Palacio de Gobierno. La familia Villegas de repente empezó a escuchar voces dentro de su casa y por una alcantarilla estaban saliendo los presos”.

Todo lo documentó Jaime Zúñiga, hasta publicar un libro que fue famoso a nivel internacional, en el que incluyó un plano antiguo de los años de 1800 que se encuentra en Nueva York, donde se muestra la acequia madre del centro de Querétaro. El mapa se encuentra allá porque fue víctima del saqueo de antigüedades.

Aunque algunas personas intentaron aprovechar el espacio del túnel, no siempre se tuvo éxito. En La Marquesa se pretendió abrir un bar subterráneo, pero fue imposible porque salían ratas y murciélagos, además de que el olor era desagradable.

Sin embargo, hay otros casos en los que sí se logró un éxito más o menos considerable. “Si vas por el callejón de Cabrera, ahora se llama Libertad, dando vuelta al portal de Plaza de Armas, en el piso hay un ojo de buey con unas rejas muy antiguas, eso da al túnel, son dos y se convirtió en un basurero. Una temporada unos de mis primos tuvo un centro nocturno ahí, abajo, porque no se oía el ruido y la música en pleno Plaza de Armas, estaba debajo de la tierra”, agrega.

El olvido del túnel de la ciudad

La acequia madre inicia a un lado de La Cruz. “Del río Blanco, el Río Querétaro, surgía la acequia madre y surtía de agua en el siglo 16 de la ciudad, pero empezaron a hacer mal uso del agua”. Todo el túnel empezó a funcionar desde los años 1500 y dejó de utilizarse cuando el agua empezó a llegar por el Acueducto.

El túnel atraviesa toda la ciudad porque fue parte del sistema de bordería que había en la periferia y metía canales a la ciudad para abastecerla de agua. Cada 10 metros existe una parte de mayor altura a manera de descanso o respiradero, para que fuera seguro.

Hay una parte del túnel en la Casona de la República, en el Hotel Madero frente a Santa Clara, igual que en diferentes puntos de la ciudad. Sin embargo, no se sabe cuánto tiempo tardaría una persona en recorrerlo en su totalidad, sin considerar los cierres que existen desde hace tiempo.

“El túnel es una bóveda de medio cañón y es amplio, por ejemplo, en la parte de la calle de Madero tiene 4 metros de ancho por 3.5 metros de alto. En otros puntos es muy angosto”, detalla.

Durante el gobierno estatal de José Calzada existió la intención de abrir algunos puntos, sobre todo con el fin de rescatar la historia olvidada de Querétaro y atraer más turismo.

“El túnel existe, no con la fantasía de que ahí escapó Maximiliano, eso es ilógico. Su utilidad era el transporte del agua potable, que con su mal uso se contaminó y hubo dos epidemias que causaron muertes de cólera en Querétaro, la última entre 1700 y 1710 y después llega el Marqués, Antonio de Urrutia y Arana, que viene a dejar a la sobrina dela marquesa, doña Paula Guerrero y Dávila y se dan cuenta que era el encargado del agua de la Ciudad de México y deciden pedirle asesoría, así se hace cargo de la construcción del Acueducto”, puntualiza.

El gobierno municipal y los ciudadanos acordaron que era urgente construir el Acueducto para dar agua limpia a la población y así inició la construcción de los Arcos en 1726, desde la zona de El Capulín para terminar la obra en 1735. El sistema de pilas funcionó tan bien, que la acequia madre quedó obsoleta, con menos flujo de agua y la gente empezó a olvidarla.

“Todos sabían que existía bajo sus pies, pero ya no tenía agua. Funcionó más de 200 años y quedó obsoleto. Después el Acueducto funcionó otros 200 años porque a mi generación todavía nos tocó bañarnos con el agua que venía por el Acueducto, desde La Cañada, hasta el tanque del agua, después empezaron a perforar los pozos de La Alameda, del jardín Guerrero y Álamos”, explica.

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