Historias de la Metrópoli

El misterio de las brujas de Querétaro

Reportaje: Patricia López Núñez/EnLaLupa.com

Las brujas de Querétaro tienen garras, cuerpos de aves con cara de ancianas y se les puede encontrar en los ríos, en los establos con grandes vigas o en las copas de los árboles. Algunas son buenas, otras “chupan” la sangre de los niños, pero todas generaron temor durante algunos años en diferentes puntos de la entidad.

Las leyendas de las brujas en el municipio de Querétaro, en San Juan del Río o en Jalpan de Serra movilizaron a la gente, que temerosa por sus hijos, lo mismo proponía orar y rociar los espacios con agua bendita que defenderse con piedras o escopetas.

El cronista Jaime Zúñiga recuerda esas historias y resalta la ingenuidad de la población de un estado que estaba en crecimiento, pero hasta el día de hoy le gusta escuchar “cosas fantásticas, a la gente le gusta espantarse nomás poquito”.

El cronista Jaime Zúñiga

La Casa de las Brujas

En los años 30 el colegio Marista se cambió de la calle de Madero al Molino de San Antonio, después de comprarlo a la familia Posada y la primera generación de alumnos ayudó en las labores de limpieza y deshierbe de la zona una vez que terminaban las clases.

Los alumnos salían a “conocer el rumbo”, así que acudían al río Querétaro, donde no había más que huertas y veredas, sin avenidas ni calles. Lo último de la ciudad era el rastro viejo, donde está ahora la Plaza Damián Carmona y ahí había unas bardas derribadas, unas vigas y escombro. Alrededor solo milpas y árboles frutales.

Para principios de los años 40, empezó el rumor de las brujas, sobre todo en las tardes, cuando los estudiantes acudían al río, que todavía tenía agua, se veían sombras, parecidas a aves, pero en forma de mujeres viejas, “que volaban al ras del agua y eso empezó a correr como rumor en el barrio de El Cerrito y en el Queretano, pero muchos lo tomaban a broma, como una puntada de los muchachos”.

La historia se afianzó gracias a una finca abandonada e inconclusa, que tenía una placa de 1882 y a la que la gente empezó a llamar “la casa de las brujas”. Los jóvenes que caminaban cerca del establo de los maristas, “empezaron a notar que en los techos del establo se paraban las famosas brujas y los perros ladraban toda la noche, porque las brujas estaban ahí”.

Jaime Zúñiga recuerda que estos rumores no dejaban de crecer, sobre todo porque los padres de familia se preocupaban porque sus hijos estudiaban “fuera de la ciudad, en despoblado y estaban a merced de las brujas”. Hubo reuniones donde se proponía rociar agua bendita, otros pedían llevar a un sacerdote y muchos más proponían usar escopetas para acabar con ellas.

“Querétaro era muy pequeño y tardó mucho tiempo para que se fuera olvidando el apremio, porque era algo urgente que se tenía que hacer para proteger a los alumnos del noviciado. Pasó el tiempo y se quedó como recuerdo el nombre de la vieja construcción de la casa de las brujas, ya la remozaron, pero durante mucho tiempo la gente no pasaba por ahí, preferían rodear que pasar por enfrente”, relata el cronista.

Muchos años después, un exalumno del Instituto Queretano, Antonio Pérez Peña, desarrolló los fraccionamientos Las Hadas y Las Brujas, en recuerdo a las historias de su juventud. La gente decía que cuando se construyeron varias casas en ese lugar, con el alumbrado público, las brujas decidieron abandonar su refugio y se fueron a otros lugares, porque no se sentían a gusto con la luz.

Las brujas de Galindo

Querétaro no es el único sitio con brujas. En Galindo, justo donde hoy se encuentra el hotel, se tenía una historia similar según recuerda Jaime Zúñiga. Don Rosario Gachuzo, habitante de Senegal de las Palomas, contaba que cuando era joven, en los años 60s, se sabía de una bruja en esa zona.

“Empezó a ver que, en las tardes, bajaban a los árboles las garzas y otras aves de mayor tamaño, le llamó la atención y fue a ver de qué se trataba para ver si las podía cazar. Al llegar vio que eran aves raras con cara pequeña, pero de ancianas, de viejas, de brujas y este muchacho espantado corrió”, explica Zúñiga Burgos.

Cuando el joven regresó acompañado de gente de Galindo, las aves ya no estaban. “La siguiente vez no corrió, sino que las observó y vio que en las puntas de las alas tenían unas garras, uñas muy largas y podían mover la cabeza y con los ojos fijarse en la persona que las estaba viendo”, según le contó Rosario.

Durante varios días regresó al lugar con otros habitantes de Galindo, hasta que un día las vieron y las apedrearon. A una le pegaron en un ala y se fueron a beber, pero el siguiente día los esperaba una sorpresa.

“En el pueblo había una ancianita que apenas podía caminar y saludaba a todos por su nombre, aunque fuera gente desconocida sabía los nombres de todos y cuando regresaron después de la bruja apedreada, regresaron, bebieron y encontraron a la ancianita con un brazo fracturado, le habían pegado en un ala a la bruja de Galindo”, explica Zúñiga.

La bruja de Galindo, según la gente del lugar, era buena. Vivía afuera del pueblo y manejaba las hierbas. Su familia se dedicó a la herbolaria “y todavía en Senegal de las Palomas existe una curandera que es descendiente de esta señora y pariente de Don Rosario Gachuzo, que es quien me platicó esta historia”.

Jalpan y las brujas

Jaime Zúñiga también recuerda la historia de Fernando Cruz López, cuando fue director del Centro de Salud de Jalpan a principios de los años 90s. Un día le llevaron a un niño muerto y completamente envuelto. “El niño estaba exangüe, no tenía sangre, la palidez de su cuerpo era muy notoria, porque cuando un niño fallece se pone morado, acá era transparente, como un papel”.

Fernando Cruz también era el médico legista del lugar, así que decidió hacer unos estudios, porque el papá decía que “se lo había chupado la bruja. El doctor pensó que seguro la sangre estaba acumulada en el vientre, en los pulmones, pero en la necropsia no encontró gota de sangre”.

“Cuando investigó esto se vio que había otros casos semejantes, a través del tiempo, había memoria en El Lobo, en Agua Zarca y resulta que había historias de que cuando llovía se aparecían las brujas saltando de un árbol a otro, que son centellas, los rayos y las centellas, que son cambios eléctricos que se mueven una vez que las condiciones son propicias por las cargas electromagnéticas, se ven como chispazos grandes o rodando por la humedad”, detalla.

Como una explicación, dijeron que “cuando estas centellas entraban en los jacalitos, los niños llegan a estar húmedos cuando se orinan y entonces la sangre se coagula en los vasos, que por eso no sangran y se cree que los chupó la bruja, porque veían la centella y los niños amanecían muertos”.

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