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En la Unidad de Rehabilitación de Colón, historias de superación y dolor compartido

Historias: Patricia López Núñez/EnLaLupa.com

Fotos: Ricardo Arellano/EnLaLupa.com

Colón, Qro.- “Qué grande estás Maricruz”, saluda Danny al terminar su terapia. “Y cada vez más enojona”, responde su mamá y causa risas en las dos chicas. Maricruz y Danny se llevan apenas un año y se conocen desde hace mucho tiempo porque coinciden en las terapias. Maricruz tiene parálisis cerebral y Danny vive con artritis idiopática juvenil desde los cuatro años.

“Vengo acá para que no se me deforme más el cuerpo, porque me dio desde niña, me agarró tierna”, dice Danny, feliz de moverse mejor, con menos dolor, después de recibir el calor y el ultrasonido en su cuerpo, sobre todo en sus manos.

Las dos chicas son pacientes regulares de la Unidad Básica de Rehabilitación (UBR), extensión La Esperanza, en el municipio de Colón. Tener la unidad cerca de sus casas les evita tener que acudir hasta la cabecera municipal, donde deben lidiar con el transporte y con la distancia.

El pequeño inmueble se llena a diario de historias de superación y de dolor compartido. El de mujeres mayores que vivieron casi toda su vida con molestias que pensaron que no se podrían atender por falta de dinero, de jóvenes que sueñan con volver a la escuela y el de madres primerizas que lloran porque anhelan sacar adelante a sus bebés, que sufren las consecuencias de una neuro infección a los 25 días del nacimiento.

En la UBR la terapia no se da sólo por parte de los médicos. La comunidad que se forma adentro se vuelca en apoyo mutuo, sueños y risas en medio de la tristeza de varias comunidades que coinciden en La Esperanza.

La extensión “La Esperanza”

La Esperanza es una comunidad del municipio de Colón, donde el grado de escolaridad es de poco más de ocho años. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), tiene alrededor de tres mil 340 habitantes, la mayor parte de ellos, de entre 15 y 59 años.

En abril pasado se construyó en esta localidad la Unidad Básica de Rehabilitación (UBR), con una inversión total de 996 mil 34 pesos. Ahí se atiende a 28 pacientes por día y se brindan 336 terapias físicas, psicológicas y del lenguaje al mes, en beneficio de 15 comunidades.

La fisioterapeuta de la UBR, Jessie Durán Sierra, conoce las historias de todos sus pacientes. Desde aquellos que requieren rehabilitación porque sufrieron un accidente y nunca imaginaron no poderse mover, hasta quienes nacieron con una enfermedad o requieren estimulación para mejorar su condición.

Anteriormente trabajaba en la UBR de la cabecera municipal, pero no dudó en integrarse a La Esperanza, donde la gente tiene una gran necesidad de atención. La unidad cuenta con área de psicología y terapia del lenguaje, terapia física y mecanoterapia donde hay aparatos para hacer ejercicio y una más donde se brinda electroterapia e hidroterapia.

Cuando la gente llega por primera vez a recibir terapia se cohíben. “Muchos sienten mucha pena porque les pedimos descubrir su espalda o alguna área de su cuerpo o cuando tienen una amputación, les da vergüenza, creen que los demás pacientes los van a ver y ellos no están acostumbrados”.

Conforme avanzan en las terapias y notan sus cambios, “hasta les cambia la cara, se ven más felices, más contentos, se conocen entre ellos, vienen con sus familiares porque los vemos dos o tres veces a la semana y el resto del trabajo se debe hacer en casa”.

La primera vez que Jessie vio el progreso directo de los pacientes se sintió motivada. “Ves a un paciente que llega en silla de ruedas y en pocos meses empieza a usar una andadera y luego un bastón, eso te llena de gusto y ves a su familia feliz y al paciente mucho mejor”, narra.

“Una piedrita me causó esto”

María del Pueblito acude a terapia porque le duele todo el cuerpo. “No hay un cachito donde no me duela”. Así que cuando acude tiene que decidir dónde empezar, “siempre elijo donde me duele más”. A sus 66 años, vive con lumbalgia desde hace una década y le duele la espalda, las piernas, a veces hasta el cuello.

En una hora de sesión no alcanzan a atender todos los puntos que le duele, por eso va dos veces a la semana “y me siento mucho mejor, antes no sabía a dónde ir, hasta que abrieron aquí y me decidí, porque había días que no me podía ni levantar, ahora ya me muevo, antes no quería ir al doctor porque yo pensaba: para qué voy si no tengo para pagar tratamientos”.

Sus ocho hijos, todos casados, están felices de que su dolor “se calmó”, porque había días completos que solo podía estar acostada, no podía caminar. María del Pueblito recibe terapia de calor y recibe corriente eléctrica para disminuir el dolor y la inflamación.

Igual que ella, Victoria nunca pensó en tener un problema que le impidiera moverse. Cuando tenía 57 años se lastimó el pie con una piedrita cuando caminaba. “Tuve una caída y una fractura del tobillo, tuve tres fisuras en el tobillo, estuve tres meses con yeso, luego una andadera y en el Seguro Social me dieron pocas terapias, siempre seguí con el dolor”.

Dos años después conoció la UBR y empezó a acudir a terapia para superar el dolor del pie. “Una piedrita me causó esto, me dolía el pie, se me acalambraba, pero ahora me siento como si no me hubiera pasado nada, ya mejoré mucho, la terapia es muy buena”.

En la unidad la atiende Jessie, quien hizo su servicio social en Colón durante un año y luego tomó el reto de trabajar en la UBR, junto con un prestador de servicio social. Entre los dos se encargan de asegurarse que cada paciente reciba la terapia adecuada y casos como el de Victoria y María del Pueblito le dan esperanzas de cuánto se puede ayudar a quien sufre por accidente o por enfermedad.

“Este era un sueño”

La presidenta del Sistema Municipal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) en Colón, Irma Rangel López, se dice muy orgullosa de lo mucho que se logró con la UBR de La Esperanza. “Desde aquí se ayuda a la gente de comunidades como El Blanco o Viborillas, por mencionar algunas, que son muy grandes y que están lejos de la cabecera municipal, algunas a 40 minutos de ahí.

“Esta unidad era muy necesaria. Creo que al año podríamos atender a mucho más de tres mil pacientes, este era un sueño y valió la pena, porque hay pacientes pequeños y adultos, de todas las edades y todos hemos necesitado, alguna vez, una terapia”, expresa.

En espera de recibir más equipo para la UBR de La Esperanza, antes de que concluya la administración estatal, Irma Rangel afirma que un espacio como este le cambia el rostro a la comunidad y a la gente, porque “las mamás, los niños, todos se sienten mejor”.

Aunque esta unidad está más cerca de sus casas, van a tener transporte “porque el DIF va a tener una camioneta propia que los recogerá en sus casas y los llevará a terapia para regresarlos después a sus comunidades”. Así, dice, no habrá excusa para faltar a las terapias semanales y por eso se hace una promoción constante del sitio.

“Se repartieron trípticos, se visitaron comunidades, se invitó a la gente, se avisó a los subdelegados para que le informaran a quienes tienen necesidad en su comunidad, que todos los que lo necesiten reciban atención todos los días, porque esta fue una muy buena decisión, porque hay comunidades muy cercanas y muy grandes y esto es muy muy necesario”, agrega.

Con esta unidad, sostiene que “me voy tranquila, porque se hizo algo bueno por los colonenses, a pesar de que todo esto se hizo en muy poco tiempo, pero este fue un logro que requirió mucho trabajo y con todo el corazón”.

Maricruz y Danny

Danny tiene 24 años. Desde los cuatro le diagnosticaron artritis idiopática juvenil y recibía terapia en la UBR de Colón, pero no dudó en cambiarse a la unidad de La Esperanza en cuanto la abrieron, porque le queda más cerca de su vivienda.

“Necesito la terapia para reducir el dolor, para moverme mejor. Tengo artritis desde los 4 años, como estaba pequeña avanzó rápido, me agarró tierna. Me deforma las articulaciones. Mi abuela me acompaña hasta acá. En los días malos el dolor no me deja moverme”, confiesa.

Mientas Jessie realiza la terapia, Danny se relaja. “El calor me calma” y esa sensación de mejoría le dura unos días. Hasta que el dolor vuelve a aparecer. Por eso acude dos veces por semana a recibir terapia de calor y con ultrasonido.

Ya no estudia. Sólo terminó la secundaria, pero ahora que las clases son a distancia, empieza a animarse a estudiar la prepa, porque “lo estoy pensando, mi familia dice que sí lo haga, ahora no me tendría que mover de casa y antes pues para la prepa, que no hay aquí, tenía que trasladarme a otro lado, ahora con el internet sí podría”.

La artritis idiopática juvenil no tiene cura, pero puede mantenerse para que no avance y esa es su intención, que su cuerpo no se deteriore más, que pueda hacer sus actividades sin perder más movilidad.

“Me dijeron que tal vez necesitaba unas cirugías, para moverme un poco mejor. No hemos preguntado cuánto cuesta, me tienen que hacer radiografías para ver si es necesario y si se puede hacer algo”, cuenta Danny.

Cuanto termina su terapia y sale del consultorio se encuentra con Maricruz y su mamá. Maricruz es un año más joven que Danny y tiene parálisis cerebral infantil. Recibe terapia desde los 7 años y desde entonces “mejoró muchisísimo, porque antes estaba en estado vegetativo, no hacía nada”.

Ahora Maricruz puede vestirse, bañarse y comer sola. “Para mí ya es un gran avance”, asegura su mamá, que además tiene otro hijo. Lo único que no le cambia es el humor. “Es muy corajuda”, confiesa su mamá. “Es porque me haces enojar”, aclara Maricruz.

“Yo nunca esperé que mi hija hiciera todo lo que ahora hace, gracias a Dios y a la atención de aquí, se ha recuperado mucho. Ella ya se sienta, se presta a platicar, antes era muy insegura, ahora todo lo que ha logrado es ganancia, se ha vuelto más independiente”, dice su mamá.

Igual que Danny, Maricruz terminó la secundaria, pero no siguió con su educación porque ya no hay apoyo para el transporte. “De hecho, nosotros somos tres en la comunidad y le propusimos al chofer que le apoyábamos con la mitad de la gasolina y nos dijo que eso no se podía, así que mi hija ya no pudo estudiar”, señala.

Maricruz tiene una rutina de labores en casa y otra de ejercicios diarios. Cuando termina con sus actividades, su mamá ayuda a hacer el resto de las actividades que necesita para activar su cuerpo. “Ella me ayuda mucho, antes era custodia completa, pero ahora ya me ayuda”, agrega.

“Va a salir adelante, va a estar bien”

Maura Ivonne es una madre primeriza que vive en La Esperanza. Su hijo, José Miguel, tiene apenas dos años y tres meses. Cuando tenía 25 días de nacido, tuvo su primera crisis convulsiva por una neuro infección en su cabeza y empezó a recibir terapia desde los 7 meses, aunque inicialmente iba a la cabecera municipal de Colón.

“De principio él no tenía fuerzas en su cuerpo, ni para sentarse como está ahorita, sí hemos visto el avance. Lo vemos bastante bien, va despacio, pero se ve el cambio. Me siento contenta, es mi primer hijo y va despacito, pero esto nos ayuda mucho”, confiesa.

Maura no pierde atención a cada movimiento y cada ejercicio. Trata de aprenderse todo para replicarlo en casa. “Le hemos puesto mucho esfuerzo, quiero que él salga adelante, eso es lo primordial, que él esté bien. De las crisis convulsivas que tenía, ahorita ya es mínimo, ha estado medicado y ha avanzado”, insiste.

José Miguel “nació bien”. La neuroinfección lo hizo convulsionarse. Maura se rompe y llora al recordarlo. También ella recibió atención emocional inmediata, “pero es muy difícil para mí. Empezó con temperatura, con fiebre muy elevada. Lo tuvimos que llevar al hospital, estuvo hospitalizado y le hicieron estudios, luego nos dijeron lo que tenía, lo que había presentado”.

En aquel momento a Maura se le cayó el mundo. Lo movió todo para conseguir toda la ayuda para su hijo. Al principio también buscó ayuda emocional para estar bien, pero conforme pasaban los días, dejó todo eso porque “todo el tiempo es para él”.

Ahora sus días transcurren en llevar a su hijo a recibir ayuda. A estimulación temprana, a terapia del lenguaje, a todo lo que ayude a José Miguel a sentirse mejor, por eso agradece la existencia de la unidad cerca de su casa, donde el transporte ya no es un problema.

“Él va a salir adelante, va a estar bien, él es la prioridad, él va a estar bien”, se repite Maura casi como un mantra. “Él es mi fortaleza, va a salir adelante, primero Dios” y se limpia rápido las lágrimas para darle las gracias a Jessie, con la que regresará otro día de la semana.

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