Víctor Roura - Oficio Bonito

¡Viva México, cab… algadores de ilusiones! – Víctor Roura

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México tiene la bandera más bonita del mundo. Y también el mejor himno del planeta. Las recetas culinarias mejor condimentadas. Hasta las mujeres más bellas del orbe, al grado de que han ganado el título de Miss Universo. Tal vez alguna incluso coqueteó con Donald Trump cuando este insultante hombre era el dueño de este negocio turístico, porque en esta vida el valor humano se cimenta en la cantidad de dinero que se posea, no en el generoso corazón. Se dice que, después de Messi, el mejor futbolista es mexicano, pero juega en Inglaterra. El mejor guitarrista es, asimismo (y aunque Frank Zappa se oponía a esta consideración mercadotécnica), también mexicano, si bien no sabe hablar español. El mejor defensa del balompié era mexicano, pero jugaba en Barcelona y luego vinculado al lavado de dinero, porque, faltaba más, la maquinaria mejor aceitada del mundo en la estrategia de la corrupción es, por supuesto, la mexicana, de donde procede, además, el capo de la droga más rico de todas las naciones, aunque viva en una prisión. Y el empresario más adinerado del mundo es también mexicano. Fallecido Pavarotti, el mejor tenor es mexicano, si bien nacido en España y juzgado luego acosador itinerante de mujeres. Las mejores telenovelas se cuecen en México. México es, cómo no, el centro global del narcotráfico, no en vano su violencia intestina es la más reconocida en el ámbito amarillista de la prensa mundial. Los mejores cineastas del mundo son mexicanos, aunque todos ellos vivan en Estados Unidos, donde residen los mexicanos acaudalados del pop, porque, aunque se proclamen con savia del pueblo, saben cómo invertir su dinero, de manera que son, como Juan Gabriel (el mejor compositor en castellano, según las encuestas del mercado musical), los mejores inversionistas del mundo en la categoría de la composición comercial. El mejor literato en español es un mexicano, aunque prefería vivir en Londres. El mejor poeta de los cuatro puntos cardinales es, se dice, aún un mexicano, aunque haya fallecido en 1998. Los mejores sindicatos del mundo, se asevera en triangulaciones de ofertas laborales, son mexicanos. Los mayores simuladores políticos, en efecto, ¿quién habría de dudarlo?, son los mexicanos.

¡Viva México, cab… algadores de ilusiones!

Los mayores simuladores políticos, ¿quién habría de dudarlo?, son los mexicanos.

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México era, o acaso seguirá siéndolo prontamente, el único país en el mundo que beca espléndidamente a sus intelectuales por el resto de sus vidas, siempre y cuando se adapten a su sistema económico. Tiene a los mejores boxeadores de la Tierra. Sus políticos son los mayores desilustrados del mundo (¡un ex nudista entretenedor de mujeres presidiendo la presidencia de la cultura en el Congreso sólo puede ocurrir en un país ensoñador y próspero como México!), se dice con insistencia en los corrillos de las burocracias más avanzadas, ya desarmada la soviética hace, uf, siglos por Gorbachov.

No sólo eso.

También posee, México, la palabra más bonita del castellano: “Querétaro”, cuyo significado es “La Isla de las Salamandras Azules” (que es verdad muy bella, aunque no sea una isla: ¿pero acaso no todo México se formó originariamente en un islote?), nombre por el cual votaron ―en 2012, vía la ociosidad cultural en la Internet― cerca de treinta y tres mil personas para designarla la más resplandeciente del atlas geográfico hispanoamericano.

No sólo eso.

Este mismo hecho también indica una portentosa hazaña: como la palabra “Querétaro” fue elegida por el actor Gael García Bernal, por cierto el mejor del mundo latino (que supera con creces a Javier Bardem, porque, mirándolo con rigor, éste no es latino sino francamente europeo), ello significa que también los que navegan por las redes sociales basan sus inclinaciones culturales en los decires de sus ídolos, lo cual es, por supuesto, también un insuperable récord.

Después de la palabra “Querétaro” siguió, en belleza, el término “gracias”, que propuso el cantante hispano Raphael, cuyos fans se volcaron estrepitosamente en la red para tratar de superar, en vano ―totalmente en vano―, a la elección del mejor actor del mundo en castellano: Gael (así, en confianza, como se le llama Gabo a García Márquez, porque todo el mundo lo ama). Y este solo hecho exhibe que los mejores fans del mundo son precisamente los mexicanos, cosa que también respaldan, por ejemplo, Lady Gaga y Madonna.

¡Viva México, cab… algadores de ilusiones!

México posee la palabra más bonita del castellano: “Querétaro”, cuyo significado es “La Isla de las Salamandras Azules”

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Si Gael hubiera seleccionado la palabra “hormiga”, o “Chetumal”, o “senos”, o “guanábana”, u “horchata”, o “Tepeji”, o “Regina”, o “embustero” (¡qué elegancia: “em bus te ro”, que suena como “om buds man”, también finamente elegante, si bien con claro acento anglosajón, lo que hubiera provocado un lindo debate entre los treinta y tres mil tuiteros que eligieron a “Querétaro” como la más bella del orbe castellano), cualesquiera de ellas habría, sí, ganado. Sin embargo, y tenemos que saberlo (y reconocerlo), es finalmente “Querétaro” ―para qué tanto argüende― la más bellamente sonora del idioma español, asunto que no sólo a los queretanos debe henchirlos de orgullo sino a todos los mexicanos en general, aunque vivan en Ensenada, Mérida, San Luis Potosí, Zacatecas, Orizaba o Palenque.

Y si luego de esta jornada electorera se han efectuado otras más para volver a elegir la palabra más bella en castellano, ya no importan: el precedente, en este caso, es destino. Es como decir que Scarlett Johansson es la mujer estadounidense más bella después de Marilyn Monroe. Y podrán tener la razón si se antepone el después, obviamente.

Y está bien que el mexicano se enorgullezca de lo mexicano, faltaba más. No en balde se dice que una de las mujeres más bellas del cine mexicano fuera Rosita Quintana, aunque hubiera nacido en Argentina. En México se halla el cómico en castellano más fino del orbe (y no es Chespirito, obviamente). El mejor futbol del globo terráqueo, aunque nunca haya conseguido el campeonato del mundo. Los mejores estandoperos en castellano, caray. ¡Los mejores albureros del mundo (recuérdese que, hasta el día de su muerte, una mujer, y de Tepito, era la campeona del albur en México por encima ―y esto no es un albur― de cualquier caballero)! Los reporteros más astutos en la indagación del chisme rosa, por supuesto. Y ahora, por méritos irrebatiblemente propios, la industria mediática más iracunda del planeta. El único país donde su presidente sostiene a diario una plática con los periodistas que, también a diario, exhibe sus carencias para poder rebatir sus argumentaciones ―tanto propias como ajenas. El único país, cómo no, que ha aireado a los cuatro vientos la oferta y la demanda en que se halla su libertad expresiva, tan cara al gremio. México tiene, me parece, el récord de contar con la elaboración de la torta más grande del mundo, hazaña difícilmente superable. Y la enchilada igualmente agigantada. Y el altar de muertos más largo del planeta. Vaya, ¡hasta en México reside el mayor coleccionista de todo lo relacionado con el británico Harry Potter! Y ahora cuenta ―México, no Harry Potter― con el cablebús más extenso del mundo. El país que mima a sus líderes discretamente enriquecidos ―políticos, sindicales, deportivos, vecinales, empresariales, periodísticos, institucionales, etcétera― siempre y cuando haga partícipe a sus seguidores de algunas ventajosas migajas de lo ganado. ¡El único país donde una mujer celebra ruidosamente su añorada boda con el siguiente presidente de la República para divorciarse felizmente al final del sexenio en una nación donde el feminismo brota en cada agotado sembradío de sus oscurecidos rincones! En México siempre vienen bajando, de la sierra morena, dos ojitos negros de contrabando con la aquiescencia de las autoridades de manera natural e incluso hasta cortés. Porque, vaya si no, en México se canta, no se llora, porque cantando se alegran, razonadamente, los corazones. México es el lugar donde se capitalizan los latentes feminicidios cuyo salvajismo es descrito minuciosamente en cualquier otro país con similares calamidades a pesar de que las mujeres mexicanas —de ojos de papel volando— a todos los hombres dicen que sí guardándose en decirles cuándo, lo cual evidencia la siniestra clase patriarcal aún apoderada de las bases identitarias del país.

Pero, de un modo o de otro, ¡que viva México, cab… algadores de ilusiones!

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